Viernes 06.03.2009
Hemeroteca web
|
RSS
Que el conocimiento de cosas capacita para tratar con ellas es una afirmación que por su misma vaguedad quizá pueda darse por válida a propósito de cualquier situación o momento. No así, en cambio, el que ese capacitar lo sea en el sentido de capacitar tanto para hacer lo uno como lo otro, tanto para hacer X como lo contrario de X, de manera que el significado del carácter capacitante del conocimiento sea el de que, cuanto más y mejor se conoce la cosa, en tanto menor medida se está atado a un carácter propio de ella misma, tanto menos se depende de ella, tanto más se la domina y, en consecuencia, tanto más se hace uso de ella para finalidades que no son de la cosa, sino de "nosotros". Podemos adoptar como un primer concepto de "poder" el del específico modo de presencia de las cosas al que acabamos de referirnos, esto es, aquel en el que la cosa es tanto más presente cuanto menos se depende y más se dispone de ella; "poder" será, pues, aquel modo de presencia de las cosas consistente en que "se" dispone de ellas.
De la definición que acabamos de adoptar se sigue que el conocimiento (en su modo de ser moderno) no determina fines ni objetivos, no determina qué hemos de hacer o qué queremos hacer (puesto que, por definición, capacita tanto para lo uno como para lo otro); lo que el conocimiento determina es sólo qué hemos de hacer en el caso de que lo que queramos conseguir sea tal o cual. En otras palabras: lo que reside en el conocimiento no es la determinación de objetivos, sino el cálculo de estrategias para lograr unos u otros. De todo esto deriva el postulado de neutralidad de la ciencia, el cual no atribuye a la ciencia ausencia de supuestos (muy al contrario, la neutralidad pudiera ser lo que más supuestos tiene), sino meramente el que la ciencia tanto capacita para un objetivo como para el contrario; y, puesto que estamos hablando de conocimiento como presencia de la cosa, la neutralidad a la que nos estamos refiriendo es propiamente la neutralidad de la cosa, equivalente a la disponibilidad de principio de la que hablábamos antes.
Si ningún objetivo está determinado por la presencia de la cosa misma, entonces ningún objetivo puede ser necesario, y, por lo tanto, ningún objetivo es necesariamente común. Se tienen, pues, objetivos diversos, sin que quepa poner un límite a la posible diversidad de los mismos.
No hay pues, tampoco, noción del derecho, ni de qué derechos hay garantías.

Vómitos en el casco viejo santiagués
Fuente que no mana en Compostela
El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado