Lunes 08.03.2010
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Como peregrino, amante de los caminos y del patrimonio que nos identifica, debo hacer pública mi consternación ante el nuevo atropello que, de no mediar algún milagro, se va a cometer sobre el Camino de Santiago en el concello de O Pino (A Coruña).
Uno ya tiene edad suficiente, ha andado los kilómetros necesarios y aprendido la letra con sangre, como para saber que estos farisaicos tiempos que nos ha tocado vivir no conceden espacio a los milagros, ni tan siquiera al altruismo bajo las ruedas de las excavadoras de un mal entendido progreso, ni al sentido común que nos hace perder la fe en las voluntades de un sanedrín que no duda en vender el espíritu de unas tierras y de sus gentes.
La construcción de un polígono industrial sobre la actual traza del Camino de Santiago supone un atentado (otro más) contra la humanidad, representada aquí en un patrimonio común reconocido, y que sólo parece servir como producto de mercadería para reclamos que lo alejan de su verdadero sentido: el encuentro de hombres y mujeres en un espacio único, donde la continuidad de millones de experiencias hacen posible la concordia y el entendimiento, y la recuperación de las huellas universales que nos dignifican como especie humana.
Otro impune atentado que la Administración permite, evidenciando su incompetencia, y los bastardos y ajenos intereses al auténtico significado que permitió la identidad de estas galaicas tierras.

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
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