Martes 17.06.2008
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Es el titular que mejor cuadra después de la experiencia que acabo de vivir. La pasada semana, y una vez más, recurrí al tren para mi desplazamiento a Madrid, ida y vuelta, especialmente animado por el que la señora ministra, doña Magdalena Álvarez, había denominado "el nuevo y moderno trenhotel Galicia-Madrid".
Hasta ahora, si su apuesta era por el coche cama de toda la vida, el viajero de cada departamento cabina disponía de todo lo necesario para pasar bien la noche, cama, lavabo y urinario. Sin embargo, no le debían parecer bien a la señora ministra tantas prestaciones que, además de exhibir en las camas unas mantas, con todos mis respetos, más de pastores de rebaños que de viajeros que pagan buenos euros por viajar, nos dejan sin el más que necesario urinario, obligándonos a abandonar, a las tantas de la madrugada, el departamento para hacer nuestras necesidades más elementales.
¿Es que quiere hacer desaparecer esta modalidad de viaje que tanto utilizan personas mayores y matrimonios con niños? Y que no me digan que es por cuestiones higiénicas, porque en clase Preferente y Gran Clase, por supuesto pagan más, disponen de estos y otros servicios.
Por si fuera poco, al llegar a A Coruña, los empleados del tren, que nos avisaron de la llegada a la altura de Ordes, nos conminan a abandonar el departamento con toda rapidez, amenazándonos con que van a llevarse el tren a otra vía. Lo tuvimos que hacer saltando y esquivando al personal de limpieza que acababa de tomar el vagón. Viajé mucho en tren y hasta ahora no me había pasado nada igual. ¿Es ésta la modernidad que tanto cacareó la señora ministra de Fomento? ¿Dónde está aquella esmerada atención que se prestó siempre al viajero?

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
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