Jueves 26.02.2009
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La Navidad se espera como todo acontecimiento que tiene un fundamento real. Pero la Navidad no es solo un tiempo litúrgico, familiar y afectivo, son unos días que nos llevan a recordar y a profundizar en la venida de Jesús a la Tierra. Toda venida, toda espera tiene su adviento. En ese adviento se van acomodando recuerdos, vivencias y alegrías.
Son fiestas entrañables para pequeños y mayores. Son fiestas de alegría y añoranzas. De deseos y propósitos. De cambiar y actuar. De vivir la convivencia no tanto por presión, como por convicción. ¡A los cristianos nos gusta la Navidad!
Pero no queremos vivirla contra corriente, queremos hermanarnos con los que van poco a poco descolgándose del sentido auténtico de estos días, perdiendo el norte de su significado y la ilusión que estos días conlleva.
Me atrevo a infundir esperanza a los desorientados, a los que tienen por meta el consumismo, el desapego de la tradición y a los que echan por la borda aquello que en otras épocas le hicieron felices.

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