Martes 17.06.2008
Hemeroteca web
|
RSS
Opinión » Defensor del Lector
La publicación, el fin de semana último, de las declaraciones sumariales en las que el presunto asesino de su tía abuela relata los hechos sucedidos en el interior de un inmueble de Compostela días atrás provocó una avalancha de airadas protestas llegadas a la Redacción de este periódico por distintos medios, entre ellos los comentarios que los lectores aportan a cada noticia a través de la edición digital del diario. Los mensajes, todos en un tono similar, lamentaban lo escabroso del relato en el que se daba cuenta del crimen, discrepaban de que la crónica se detuviese en los pormenores de lo sucedido puertas adentro del piso así como en las motivaciones del mismo, acusándonos de amarillismo y, aún, de la "poca humanidad" demostrada por los periodistas con el supuesto autor de los hechos a la hora de acercar la información al lector "con el único propósito de vender periódicos".
Estas críticas se produjeron todas ellas en la primera de las tres crónicas en las que se desgajó el amplio relato de lo sucedido en el piso de Basquiños y que fueron ofrecidas en días consecutivos. Los otros dos días, sin embargo, no se registraron los reproches habidos tras la publicación de la primera entrega de la crónica. Es ésta, la del amarillismo, una crítica no especialmente reiterada entre las que los lectores hacen al periódico y a quienes lo confeccionan y que, en todo caso, bien está que se produzca por cuanto ayuda a que la Redacción no pierda el referente de los límites que el lector se marca a sí mismo respecto de aquello que está dispuesto a leer. También, porque nunca está de más tratar de adivinar dónde está ese difícil fiel de la balanza cuya mínima oscilación puede conducir bien al censurable amarillismo bien a la no menos lamentable y negativa autocensura.
En esta ocasión y a propósito de las quejas de los lectores, el responsable de la Sección del diario no concuerda con lo manifestado en esas críticas, como señala a petición de este defensor. "Estamos, en efecto, ante un relato estremecedor que difícilmente concuerda con nuestro sentido de la racionalidad. Más aún si vemos que el móvil del asesinato es tan absurdo como un supuesto maltrato a unos gatos. Creo que esa afirmación, reconocida por el propio supuesto asesino en sus declaraciones, fue la que disparó las mayores críticas, como puede leerse en los mensajes llegados al periódico acusándonos de amarillismo. Ocurre que esos lectores, como en el viejo chiste, se quedan mirando la mano que señala y no la verdad de la noticia, convenientemente completada con la aportación seria y rigurosa de una especialista en Psiquiatría del Hospital Clínico que en su relato, y aún a falta de conocer las interioridades de este caso, sí aporta otras importantes claves para interpretar lo sucedido a la luz de la razón, probablemente la que le faltaba al joven por causas que también se desvelan en el sumario y que este periódico recogió convenientemente". "Entre la verdad objetiva y rigurosa, por cruda que pueda ser, y el amarillismo hay, en efecto, una muy exigua y casi invisible línea, fácil de saltarse en cada momento que el relato informativo alude a temas como el que motiva estas líneas", añade en su respuesta el responsable de la Sección, "pero por ello mismo es en la crónica de Sucesos donde con más detenimiento, análisis y contraste de pareceres dentro de la propia Redacción, se comenta la noticia con el propósito de no sobrepasar esa barrera del amarillismo, que se da desde la manipulación de los datos o en el agrandamiento de un aspecto escabroso sobre los demás que no lo son. No creo que pueda decirse que ése sea el caso de la noticia del asesinato, que pretendió ceñirse a la vieja regla de oro del periodismo, que nos recomienda responder a las preguntas que figuran en todo manual de estilo: ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Dónde? y ¿Por qué? Y a dar esas respuestas se atuvo la crónica. Sin más aditamentos".
"Quienes leímos el relato de las respuestas del acusado a preguntas del fiscal", se añade desde la Redacción, "quedamos impresionados de lo que se recogía en el sumario. Más aún, de la elevada dosis de hiperrealismo que el escueto y desapasionado lenguaje judicial aportaba a unos folios que no eran sino el más exagerado e imaginativo guión de novela negra con el que nos topamos en mucho tiempo. Pero ello no puede confundirse con amarillismo, ya que no es más que la particular verdad de quien lo protagonizó, lo contaba y será juzgado por ello". No cabe invocar como argumento de razón, justo es decirlo, que la noticia fuese, los tres días, de las que mayor interés concitaron entre los lectores de la edición digital. En todo caso, como también se recuerda desde el alegato de Redacción, esta circunstancia sí deja a las claras el interés de la sociedad por conocer "las circunstancias de un asesinato que conmocionó a los compostelano, probablemente mucho más de lo esperado dadas las condiciones y circunstancias que concurrieron en un suceso de esta naturaleza". Insiste en este aspecto la Redacción al recordar que el hecho en sí mismo y, más aún, esas mismas circunstancias tan poco frecuentes en sucesos de este tipo, por lo absurdo e irracional de las mismas, "no le confiere la condición de amarillista o de manipulado. La verdad es la que es y se contó como se sabía. Sin aditamentos sensacionalistas ni recortes autocensores. Todo lo conocido, pero sólo lo conocido, sin elucrubraciones como las que pudieron leerse esos mismos días de que el supuesto asesino se había quedado viendo la final de la Eurocopa junto a la víctima, sin un solo dato que avalara tan macabra y, esta sí, sensacionalista afirmación".
Se recuerda, por último, en torno al caso que cuanto contó el periódico es lo mismo que escuchará, probablemente con mayores aditamentos dramáticos, el jurado encargado de dictaminar sobre la culpabilidad del presunto asesino. "¿Es lógico hurtar a un lector lo que se repetirá en la sala de vistas? ¿También se teñirá el juzgado de amarillismo por lo que allí se relate?".
¿Hasta dónde llegar con la información?
La Federación de Asociaciones de la Prensa de España está realizando en estos días una nueva y amplia muestra entre sus más de trece mil profesionales para diagnosticar el estado de la profesión periodística en España. Como sucediera en años pasados, a buen seguro que la precariedad laboral, las interferencias ajenas -especialmente las de organismos institucionales- y la conculcación de los principios éticos serán otra vez los caballos de batalla que aparezcan en la preocupación de los profesionales. No es pues, por más que lo parezca, preocupación exclusiva de la sociedad la demasiado habitual conculcación deontológica en la prensa.
Respecto del hecho que hoy se comenta, este defensor también se conmocionó tras la lectura de las declaraciones del supuesto asesino en un relato que ponía los pelos de punta. Irracional, pero tan real como la conmoción que el hecho causó. Por eso no estaría de más que entre todos hagamos un esfuerzo por distinguir entre amarillismo y objetividad, entre hipocresía y rigor. Y, salvo que, como aprobó el Senado de Rumanía, se prohíba la publicación de malas noticias, será esa misma sociedad la que tendrá que cargar sobre sus hombros la responsabilidad de determinar hasta qué punto quiere autocensurarse. Los periodistas estarán encantados de que se les diga.

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
Mensaje a los cabestros: "Así, no"
Pintada ‘sobre mojado’ en Compostela
Ensucian la imagen de un lugar turístico