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a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Lengua por narices

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Ya ha salido la Mesa para advertirles a los ganadores de las elecciones que se porten bien. Cuidado, la lengua no se toca; por encima de lo que hayan votado los gallegos, hay cuestiones sacrosantas que sobrepasan urnas y mayorías para situarse en un más allá de identidades inmutables. ¿Quién las interpreta? ¿Quién las administra? ¿Quién nos las selecciona?

La respuesta a estas tres preguntas depende de si uno es demócrata o no. El demócrata extiende la separación entre la Iglesia y el Estado a esas nuevas confesiones que algunos han fundado en torno a los mitos identitarios. La Mesa, sin embargo, actúa como los antiguos sacerdotes que pretendían someter la ley civil a los principios religiosos, que en este caso son idiomáticos.

Pero sería injusto achacarle en exclusiva a la plataforma una práctica que por desgracia es compartida por diversos medios intelectuales del país. Consiste en hacer una horma normalizadora a la que la gente tiene que amoldarse, le guste o no, a narices. No importa que haya que saltarse la libre elección, o abjurar de principios pedagógicos básicos, como el de enseñar a los chavales en su lengua de relación.

Todo sacrificio es poco para defender una normalización que cada vez se aleja más de lo normal. Como los argumentos para sostenerla son cada vez más débiles, se recurre al dogma y a la amenaza. Más que de política lingüística, habría que hablar de fe. Una fe no se discute, se acata. Los perversos ateos son arrojados sin remisión a la categoría de traidores a la patria.

Ya va siendo hora de que caigan los muros de esta ciudad prohibida. Los resultados electorales sancionan muchas cosas y en ellos influyen cantidad de factores, pero es indudable que el debate lingüístico ha estado muy presente. La posición de los ganadores era inequívoca, y la de los perdedores también. La misma Mesa invitó a los ciudadanos a negar su voto a Feijóo, debido a sus actitud revisionista.

Es de suponer que un replanteamiento de la normalización, para hacerla de verdad normal, provocará un florecimiento de manifiestos desgarradores. La cofradía de los abajofirmantes saldrá de su letargo para convertirse en paladín de la defensa del gallego contra la amenaza. Habrá manifestaciones, sin botellazos en contra, que intentarán caricaturizar a los nuevos gobernantes como franquistas.

Ninguno de los convocantes se parará a explicar por qué fracasa la normalización, o por qué se le tiene tanto miedo a que sean los padres gallegos los que opten. ¿Acaso no hay autodeterminación más genuina que ésa? ¿O es que los ciudadanos son libres para todo, menos para elegir el idioma, no vaya a ser que se desmanden?

Qué duda cabe de que el consenso es necesario en la etapa que se inicia. Pero un acuerdo sobre la lengua o cualquier otro asunto, debe de hacerse con las proporciones que dan las urnas. Si el plato resultante no las respeta, estaríamos haciendo caso omiso del mandato electoral y sustituyéndolo por grupos respetables y personalidades insignes, sin respaldo social.

La gran equivocación de la política lingüística, tanto la del bipartito como la de Fraga, fue prescindir de sus principales destinatarios, quizá porque en el fondo se sospechaba que el gallego medio no estaba de acuerdo. Se le tapó la boca haciendo una aplicación hipócrita de la ley, o culpabilizando al discrepante de antigalleguismo. Ahora toca que la democracia llegue al idioma, con perdón de la Mesa.

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES