Viernes 06.03.2009
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Ese es el grito que ha triunfado en el referéndum suizo sobre las torres de las mezquitas. Los suizos no quieren minaretes a su vista y han decidido prohibirlos. Poco ha tardado en correr la vergüenza por buena parte de Europa. Ministros de varios países han mostrado su disgusto y escándalo, al igual que la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Navi Pally, que lamenta que "la intolerancia se dirija a veces contra los miembros de una determinada religión". El Vaticano, poco sospechoso de fomentar el Islam, lo considera también un ataque a la libertad religiosa. Para mayor escarnio, en la misma consulta, los suizos votaron a favor de seguir exportando armas, un negocio que asegura su estado de bienestar. El país de la Cruz Roja está enfermo y ha llevado la neutralidad a su absoluto, que es la indiferencia.
Para Tariq Ramadan, profesor suizo de Derecho Islámico, el referéndum es un síntoma más de que "Europa está atravesando una crisis de identidad, y no tiene más remedio que preguntarse, ¿cuáles son nuestras raíces? ¿Quiénes somos?". Un continente que reniega de sus valores -ni los conoce-, que se ha vaciado de contenido, recela de cualquier convicción. Y por eso mismo rechaza su visibilidad.
Suiza grita y Europa se ruboriza. Es el continente que gritó "abajo los crucifijos" en la sentencia de la Corte de Estrasburgo, según los magistrados porque "el crucifijo puede ser molesto para personas de otras religiones y para los ateos". Pero no todo han sido críticas. El ultraderechista Le Pen está encantado. Para buena parte de la izquierda de este país -coincido- se trata de un fascista radical. Pero conviene no olvidar que aplaudieron la sentencia de Estrasburgo.

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