Miércoles 19.06.2013
| Actualizado 09.31
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LA CASUALIDAD ha querido que la súbita despedida de Esperanza Aguirre y el adiós definitivo de Santiago Carrillo se hayan cruzado extrañamente en la noche de los informativos. Apenas unas horas de una cosa a la otra, no comparables, desde luego, pero sí representativas de la imaginería política de este país. De la potencia de los nombres. Queda la explicación de la despedida de la lideresa superliberal para mejor ocasión, pues la muerte de Carrillo se ha elevado sobre todos los asuntos de lo cotidiano, y se ha constituido de inmediato, como no podía ser de otra manera, en el gran tema, en el gran asunto. Televisión Española hizo ayer un seguimiento intenso de la larga vida del dirigente comunista, recuperando su última entrevista. Llegan ahora días en los que algunas televisiones ofrecerán una profunda mirada sobre su biografía, todo un viaje por los complejos senderos del siglo XX. Santiago Carrillo, que ha estado en la radio y en la prensa hasta casi ayer, como quien dice, analizando a diario todo lo que pasaba, era de esos personajes que parecía que no se iban a morir nunca. Lo mismo le dije un día al gran poeta social Victoriano Crémer, que luego murió, contra todo pronóstico, con 102 años. Carrillo y su eterno cigarro eran parte del paisaje mediático, de tal forma que resultará difícil hacerse a la idea de que ya no estará ahí para contarlo. Ayer, con la agilidad que el periodismo obliga, las televisiones tuvieron tiempo de recuperar los hitos de la figura, que pasan, desde luego, por esa inevitable y casi sacrosanta palabra: la Transición. Carrillo siempre creyó que en la Transición se hizo lo que se tenía que hacer: ni más ni menos. Hay tanto archivo sobre Carrillo, desde el blanco y negro, desde la peluca de la clandestinidad, hay tantas palabras, que tendrían para ofrecer muchas, muchísimas horas de gran televisión. Su vida no puede separarse un ápice de nuestra historia reciente. Fue, sin duda, un hombre/historia.

19.06.2013
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