Viernes 06.03.2009
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AHORA que se acaba el verano y que la televisión sigue sin deleitar apenas nada, llegada cierta hora de la noche, uno se entretiene en zapear con indolencia en busca de una película que al menos esté bien hecha. A veces, incluso, tiene suerte. Sucede cuando alguna cadena se equivoca y emite un filme que o bien no visionaron o bien se les coló en un despiste cuando, en la feria ad hoc, el feriante televisivo se ausentó en los servicios o decidió salir a echar un pitillo o tomarse un café con leche endulzado con sacarina. La vida es así.
El otro día, estando en una de esas horas inútiles que se amontonan alrededor de la hora de cenar, zapeando con esa indolencia de la que les hablo, tropecé con un programa de los muchos cardio-vaginales con los que nuestras emisoras de televisión nos agasajan. En él, un nutrido grupo de rostros vociferantes ocupaban sus escasos minutos de silencio en masticar y deglutir sabe Dios qué cosas mientras, con la mirada perdida, parecían reflexionar en la estupidez con la que habrían de obsequiarnos. Confieso que ya había visto hacer eso mismo a una señora rubia con aspecto de pescadilla, pero supuse que lo suyo sería prescripción facultativa: hipotensión o diabetes, choques hipoglucémicos, ya saben, vahídos y similares, ausencias, síncopes variados, la intemerata de razones se me ocurrieron para justificar la ordinariez con la que la rubia enfrascada en sus propios argumentos se mostraba ante las cámaras: una masticación bovina y pastosa que resultaba cualquier cosa menos excitante. Pero se ve que hizo escuela.
Ahora, en esa cadena y en el tal programa, casi todo el mundo mastica como las vacas. Es posible que sea una argucia del realizador para disponer de algún respiro. Mientras los comensales se restriegan la lengua por los espacios maxilares en busca de los restos del bolo alimenticio recién ingerido ofrecen aleccionadores planos de recurso. Ninguno se corta un pelo, ninguno de ellos frena el gesto y lo suspende en espera de que la cámara lo abandone; antes bien, mastica, abriendo la boca cuanto puede o se entrega a limpiar la dentadura introduciendo el dedo índice entre esta y la mejilla.
A veces se pudiera pensar que pocas cosas, pocas actitudes, pueden resultar tan vulgares como la sofisticación excesiva, el refinamiento exagerado o la extremada educación. Nada más propio de una persona poco educada que la reiteración constante, que la constante afirmación, hecha por ella misma, de lo muy bien educada que está. Sin embargo, casi es preferible eso que el retorno pesebre elemental que se nos ofrece en tal programa. El gratuito alarde de lo zafio y vulgar, de la ordinariez gestual acompañado a la bastedad intelectual. Lo que se ignora, lo que todavía se desconoce, es lo que se ha de considerar correcto en los próximos decenios. No deja de ser preocupante. ¿Calculamos cuántos siglos empleó la humanidad, alguna humanidad, en aprender a comer con cuchillo y tenedor y hacerlo con la boca cerrada, todo para llegar a esto? Pues eso.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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