Viernes 06.03.2009
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En todas estas tragedias hay un fuerte mecanismo psicológico que nos obliga a encontrar una causa, un por qué. La chica tenía problemas en casa, sufría con un amor desgraciado, frecuentaba malos ambientes... En suma, necesitamos que se nos diga que había un escenario predispuesto para el drama, unas circunstancias sin las cuales no se hubiera producido. Un resorte similar se desata cuando se encuentra al culpable. En una sociedad que parece haber desterrado la idea de maldad, se buscan traumas, desviaciones o delirios que nos permitan decir que el asesino era más un enfermo que un malvado. Para las defensas legales es más fácil la tarea y para la gente es algo que espanta mucho menos que el mal en estado puro.
Alejandra, la chica de Redondela, no encaja al parecer en ese prototipo de adolescente marginal cuya vida discurre al borde del abismo. Los retazos que llegan de su corta vida dibujan la imagen de alguien normal, con una relación normal con la familia y el entorno. Sin embargo, algo altera esa normalidad y nos sobresalta con la noticia del hallazgo de su cadáver. ¿Pero qué es lo normal? La lista de jóvenes con el triste final que tuvo Alejandra se compone de crías que están en esa fase de la vida donde la personalidad es más vulnerable. Socavado el viejo concepto de la autoridad paterna, sin una escuela que inculque valores y con una sociedad que exalta al joven nihilista, nuestras Alejandras están a merced del peligro. El tipo de joven que sacralizan las series televisivas vive en un mundo aparte, donde los padres son un estorbo o un decorado. Analícense con calma los guiones y aparecerá en todos ellos el padre o la madre como una molestia que impide el pleno desarrollo de su personalidad. En la típica tensión entre el los progenitores chapados a la antigua, y el amigo tentador y audaz, siempre gana este último. Frente a esto, poco pueden hacer los consejos paternos. El botellón, sin ir más lejos, nos proporciona un ejemplo demoledor. ¿Qué pueden hacer un padre o una madre preocupados por las borracheras del hijo, si abundan los mensajes que consideran las melopeas un acto de socialización, y son muchas las autoridades que toleran el alcoholismo colectivo como un mal menor que merece la vista gorda?
Todas estas consideraciones serían superfluas si la tragedia de Alejandra fuese una excepción, pero por desgracia no lo es. Prueba de ello es que, cuando se dan determinadas circunstancias en la desaparición, todo el mundo sabe cuál será el epílogo, aunque no lo diga, aunque se agarre a la esperanza de que, por una vez, se repita el cuento de Caperucita y veamos regresar sana y salva a la niña perdida.
Imposible ya el final feliz, se abre ahora el amargo capítulo de las sospechas. Sospechas que suelen tener un radio reducido al entorno, y que en más de una ocasión acaban con una desagradable sorpresa que incrementa el espanto. Estamos demasiado habituados a que las pesquisas policiales descubran de repente un pliegue en la vida de la víctima, que había permanecido inaccesible para sus seres queridos. Hace años, cerca de la prehistoria, Juan Pardo compuso una canción muy triste dedicada a una joven que marchaba de casa. La llamó anduriña porque las anduriñas suelen volver, pero ahora no siempre es así. Hay historias más amargas que las de esa balada, como la de Alejandra, que sólo nos dejó la mirada en la foto.

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