Viernes 06.03.2009
Hemeroteca web
|
RSS

A MEZQUITA es un lugar que, según no pocos de los que nacieron allí, se llama así porque en tiempos y en aquel lugar existió una; es decir, un templo mahometano, islámico o como sea correcto denominarlo. Sin embargo, yo supongo el nombre debido a la existencia de una flor así llamada en gallego, "a mesquita", propia de la jusbarba, también llamada brusco en castellano o, dicho por lo fino, la Jovis barba, la barba de Júpiter, planta liliácea muy utilizada para sombrear setos vivos y evitar el paso de los animales.
Hay gentes que defienden la presencia de los árabes en Galicia con tanta pasión como la de los celtas. Confieso que me cuesta menos trabajo aceptar esta que aquella. Ni siquiera el topónimo A Almuzara significa, al menos para mí, otra cosa más que la presencia de un molino de aceite en la zona. Por su parte, A Moureira, el antiguo barrio de prostitución que erradicó don Peregrino Reboiras, párroco y rector que fue de la pontevedresa basílica de Santa María la Mayor, no es nombre que responda a la existencia de ninguna morería. Es lugar en el que se construyó la nao que llevó a Colón a América y se llama así porque así se le decía en gallego a la salmuera o salmoira, al salazón, y al lugar en el que este se preparaba.
Pensaba en estos y otros extremos semejantes, a los que no voy a referirme para no resultarles todavía más cargante, en medio del mar breve de A Mourisca, la dulce playa del litoral sur de la ría de Pontevedra, en la que el mar, como en el cementerio de Séte, que cantó Valery, palpita entre tumbas y entre pinos; cercanos estos, algo más alejadas aquellas, tanto como el atrio de la iglesia vecina del mar y compañera. Hasta él me habían llevado navegando unos viejos y recordados amigos a bordo de un barco que era hermoso y marinero. Por allí sí hubo moros, sarracenos, por allí y por los arenales de Cangas, en donde el viento gemía, ay, qué soliña quedaches María Soliña, que así o casi cantó el poeta a quien representó, no a las brujas en que se pretendió convertirlas, pero sí a las viudas de los hombres que una breve invasión de piratas sarracenos privó de la vida, luego de torturarlos, en una masacre que está documentada y que a ellas las volvió locas. Es posible que en esa playa también hubiesen desembarcado los moros. Incluso que alguno de ellos se hubiese quedado en ella, enamorado del lugar o de una moza de talle esbelto y cintura breve de esas que salen en las novelas decimonónicas que a mí tanto me gustan; las novelas, también las señoras; sin que ello quiera decir que no les busque otros y ocultos tesoros. Prueba irrefutable es que nunca tuve a mi lado una mujer de esas. No lo fue mi madre, no lo son mis hermanas, menos aún mis hijas y ni siquiera lo son las madres que las parieron, ni mucho menos. ¿Queda claro?
Escritor. Premio Nadal y
Nacional de Literatura

Vómitos en el casco viejo santiagués
Fuente que no mana en Compostela
El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado