Viernes 06.03.2009
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Hay en las criticas más desgarradas al decreto del gallego un regusto que recuerda a Vasili Grossman, el autor ruso a quién se debe la obra monumental Vida y destino. El libro es un alegato contra los totalitarismos, que entre otras cosas explica las técnicas utilizadas por los soviéticos para impedir los titubeos en el campo de batalla. Es tan simple como brutal.
Detrás de los combatientes se sitúa una segunda línea de comisarios políticos y afines, cuya misión es abatir a los soldados remisos en la lucha. Los obliga un heroísmo forzoso. Los pone en la tesitura de morir a manos de los enemigos, o siendo víctimas de los teóricos camaradas proletarios apostados a sus espaldas. Así también las maldiciones que algunos lanzan contra el texto presentado por la Xunta no tienen por destinatarios a Feijóo y los suyos, sino al galleguismo más sensato y conciliador. El peligro para los que quieren a toda costa la imposición lingüística está en los posibles desertores. Hay que disuadirlos antes de que den un paso atrás, y para ello se suben los decibelios. Cualquiera puede comprobar que lo que dicen los inflamados comisarios del idioma nada tiene que ver con el proyecto presentado. Los muecines repiten desde los minaretes de siempre los mismos versículos que hubieran gritado ante cualquier otra redacción del decreto. Como profesionales de la protesta, que han hecho de los anatemas su único instrumento dialéctico, no pueden fijarse en los detalles. Su ataque tiene que ser sin concesiones. Su esfuerzo es vano porque el decreto no erradica el gallego de la enseñanza ni lo relega, sino que establece un equilibrio entre las dos lenguas del país. Ante el dislate de hacer de la escuela un islote idiomático separado de su entorno, se retorna al sentido común. El principal peligro apuntado por el galleguismo conciliador (que el inglés fuese una excusa para jibarizar el gallego) queda claramente conjurado.
El politburó se da cuenta. Percibe que los normalizadores más tibios pueden estar dudando. El nacionalismo más heavy teme que haya sectores o personalidades que se desmarquen, no para darse un abrazo con el PP, sino para modular sus críticas al modelo de armonía idiomática, o centrarlas en aspectos secundarios como la participación de los padres. Para evitar que se confraternice con el enemigo de lengua, hacen lo mismo que hacían los cancerberos soviéticos en el libro de Valeri Grossman. Se ponen al acecho, sacan las pancartas, piden insumisiones, abren el alistamiento para que todo el mundo vuelva al conflicto donde ellos juegan en casa. Más que una consecuencia de un problema netamente lingüístico, son el reflejo de un problema ideológico. Son resultado de una ideología que ha ido perdiendo, como la cebolla, todas sus capas hasta quedarse sólo con el idioma. El idioma es lo más preciado que les queda, por lo cual lo privatizan y lo defienden como sea contra posibles competidores. ¿Cuáles? Pues todos los que se sitúan en el galleguismo idiomático que ha llegado a la conclusión de que, sólo depurando el debate de palabras gruesas, se podrá llegar a un punto de encuentro. En ellos está el enemigo para los comisarios. Todas las exageradas gesticulaciones que se verán estos días no son sino avisos a académicos, consejeros y pensadores libres de Galicia para que sigan inmóviles en la trinchera, manteniendo las posiciones de otros.

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