Viernes 06.03.2009
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El sistema financiero nos ha dado sorpresas desagradables y pocas alegrías, pero lo que le ha tocado las narices al personal es que se diga que la banca está estresada. Y todavía ha provocado más indignación el hecho de que los ansiolíticos saliesen de lo público, que tiene bemoles. Tan metidos estamos en los remolinos de lo cotidiano, que ni se nos pasa por la cabeza que eso del estrés sea algo distinto de los procesos patológicos de adaptación al medio que sufrimos a menudo los humanos. Pero también la física y la arquitectura utilizan el término, referido a fuerzas que deforman o rompen, así que, seguramente, los poco versados en los intríngulis de los establecimientos de crédito, no habíamos reparado en que les son aplicables igualmente "test de estrés", como si de psicología, psiquiatría o cardiología hablásemos.
¿Qué se puede averiguar con esa prueba? Pues si la entidad en cuestión tiene bastante dinero -sobre todo capitales propios- para enfrentarse a una crisis y no quebrar, que en román paladino significa no arruinarse. En todo el mundo se sometió a la banca a estas evaluaciones, con un resultado desolador, si bien hemos de reconocer que en España la cosa fue menos crítica, con más tonos grises en las cajas. Ocurre, sin embargo, que de los activos tóxicos no se ha librado nadie, esos activos que no se consiguen vender, ya que los posibles compradores desconfían y no se arriesgan a comprar algo que, probablemente, no valga nada. Es como si se nos ofrece un coche de ocasión y tememos que se nos quiera colar con vicios ocultos, porque, tanto se ha sofisticado la "derivación", que ahora nadie está dispuesto a embarcarse en títulos de tan alta sofisticación como riesgo de estafa.
Se ha lastrado así la otrora saneada cuenta de pérdidas y ganancias, que sólo saldrá a flote con una fuerte recapitalización, que viene a condensar -en términos financieros- crisis y responsabilidad. El daño es tanto que sólo la imprescindible discreción ha evitado un mayor escándalo social y cuando las familias y las empresas se quejan de que el crédito no llega, han de sospechar que se está arreglando la casa por dentro, demostrando que son culpables y víctimas, en buena medida, de la recesión actual. Sin olvidar, ni mucho menos, a las agencias de rating, que han puesto a la vista de todo el mundo que un sistema en el que la regulación y el control son un negocio, mal asunto.

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