AHORA se le conoce como Julio Fernández Gayoso, pero durante décadas respondía al nombre de Don Julio, muy del estilo de los personajes de Coppola, apocados en el ademán pero contundentes en el veredicto. Algunos trabajadores de Caixanova sabían que abrigarse bajo su fría sonrisa suponía asegurarse un despacho con vistas a la ría.
Gayoso compareció hace unos días en el Congreso para abundar en el papel tan bien dibujado por Marlon Brando: no sabía nada, no firmaba nada y su cargo solo era representativo. Así era desde 2006, cuando ya no encontró resquicios legales para alargar su puesto de director general. Pero todo el mundo sabe que siguió controlándolo todo desde la presidencia.
Gayoso pasó de puntillas por el Congreso, como intentará hacer en los tribunales. Al menos, espero que la siguiente anécdota sirva para que se forme una opinión más ajustada del personaje. Hace unos años se celebró en las afueras de Vigo una convención de Caixanova a la que acudieron cientos de trabajadores. Todos habían sido convenientemente requeridos a aportar una cantidad para el "regalo de Don Julio". Dada la recaudación –y los conocidos méritos del prohombre–, se le compró una batuta de diamantes, para que no quedasen dudas de quien dirigía la orquesta. Previamente, un trabajador leyó la loa, sin levantar los ojos del papel, no fuera que se le notase la vergüenza de poner voz a unas letras escritas por el propio agasajado. El numeroso auditorio, completamente en el ajo, tampoco levantó la vista.
Periodista

18.05.2013
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