Viernes 06.03.2009
Hemeroteca web
|
RSS

Resulta más que curiosa la pasión que sienten infinidad de mujeres españolas, de todas las edades y de toda condición social, por Belén Esteban, a la que muchos llaman, manda huevos, la voz del pueblo. Recientemente, una revista entrevistaba a varias jóvenas y todas, prácticamente sin excepción, hablaban maravillas del fichaje estrella de Telecinco, a la que consideran una madre coraje que defiende a capa y espada a su hija, la tal Andreíta, frente a los supuestos ataques de su ex familia política (o sea, el clan Jezulín), de los periodistas sin escrúpulos, de los pijos de la jet y hasta del Defensor del Menor de Madrid. La Esteban representa para ellas, en suma, el modelo de mujer luchadora que ha logrado triunfar tras sufrir el abandono de un torero famoso y la marginación de los poderosos, de los que están en la pomada.
Para más inri, la corajuda joven rechaza siempre lo políticamente correcto y se expresa en televisión igual que lo haría la tendera de la esquina, la pescadera del híper, la funcionaria de grupo H y tantas y tantas Aídas de la vida que están hasta los huevos, con perdón, de ser siempre las últimas de la fila pese a que se dejan la piel a diario para sacar a sus familias adelante. Por otra parte, muchas mujeres de buena posición económica y social apoyan también a la ex del matador de Ubrique, ya que consideran que Belén es una tipa echada palante, graciosa y original.
Y ahí, en todos esos halagos y reconocimientos, es donde vuelve a quedar patente que este país, que diría Larra, está cada vez más mochales y camina hacia el desnorte total. Porque, que se sepa, la comentarista televisiva jamás ha tenido que fregar escaleras para sacar a su Andreíta adelante, ni sabe lo que es pasarse 8 horas diarias de pie en la caja de un súper, ni tiene que etiquetar cinco mil latas de conserva en una hora, ni ha tenido que limpiar nunca la porquería que dejan los botelloneros. Ni siquiera sabe lo que es madrugar a diario para quemar toda la mañana y parte de la tarde en una oficina, en un aula, en un cuartel o un hospital. En realidad, Belén Esteban nunca ha dado un palo al agua y, sin embargo, gana en pocos minutos lo que muchas de las mujeres que tanto la admiran tardan un año entero en juntar dejándose la piel en el intento. ¿Cómo se entiende semejante contrasentido? ¿A qué voz del pueblo representa la susodicha? Vayan ustedes a saber, pero por fortuna no será ella quien dé las campanadas de Nochevieja en el Obradoiro. Seguro que hay formas mucho mejores de estrenar el año.

Vómitos en el casco viejo santiagués
Fuente que no mana en Compostela
El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado