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Viernes 06.03.2009      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

La bendita normalidad

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No sabemos si Arantza Quiroga habrá seguido la constitución del Parlamento gallego. No sabemos si conoce a la que será su homóloga en Galicia. Conocemos sin embargo declaraciones suyas en las que suspira por tener una vida normal y se imagina sin escoltas, ni miedos, ni esa terrible amargura que produce que en algún sitio alguien esté planeando tu muerte.

Arantza Quiroga es una heroína. Como todos los populares y socialistas que malviven en Euskadi, ha tenido que dejar atrás su condición de ciudadana, para estar sometida a una libertad condicional que ahora, una vez que sea presidenta del Legislativo, será todavía un poco más estrecha. Por eso se sorprendería al ver una Cámara como ésta, propia de un país normal.

Se decía que la coincidencia de las elecciones gallegas y vascas iba a producir interferencias. No ha sido así. La simultaneidad electoral sí está ayudando, en cambio, a comparar una democracia sana con otra aquejada de varias enfermedades. La violencia que acompaña a Arantza no es la única que se padece en el País Vasco. Otra que manifiesta sus síntomas es la idea patrimonial que tienen algunos.

En Galicia, el turnismo ya está instalado en la tradición política. Está claro que los que pierden no lo hacen con alegría; Gandhi sólo hubo uno. No obstante, ninguno se siente ungido por la historia como propietario del poder, ni interpreta la derrota como una apropiación indebida. Esa es la actitud que muestra el PNV.

Para sus dirigentes, Arantza o López son unos intrusos. A semejanza de los metecos en la Grecia antigua, tendrían derecho a vivir, comerciar y trabajar, pero no a estar en un ágora reservada a los de casa. Actitudes así son completamente ajenas a la cultura política de Galicia. Fraga se marchó como un inquilino al que le caduca el contrato, Touriño hace lo mismo y Feijóo entra con mentalidad de transeúnte.

Las discusiones sobre el mobiliario, o el estado en que se deja el inmueble, son las propias de cualquier traspaso, pero nadie discute que en el poder gallego sólo se está alquilado por los votos. Ninguna organización se siente investida con un plus de legitimidad por su especial asociación con la identidad del país. Es la nuestra una democracia laica, en el sentido amplio de la palabra. A la vasca aún le falta por recorrer un largo camino.

Los dos parlamentos, con sus dos presidentas, reflejan lo que son dos autonomías cercanas en lo geográfico y distantes en lo político. A una sociedad sin muros internos como la nuestra, dotada de una visión poco mesiánica de la política, transigente con el adversario, le corresponde una Cámara del mismo perfil. Un país cortado por el odio y la sospecha genera un Parlamento compuesto en parte por diputados heroicos que llevan en la memoria el recuerdo de muchos compañeros asesinados.

Alguien como Miguel Ángel Blanco podría estar ahora mismo sentado en un escaño del Pazo do Hórreo, tras haber sido concejal en su pueblo y vivir una vida sin sobresaltos. Pero le tocó un lugar ingrato donde los parlamentos y consistorios tienen que competir con la violencia. Al menos Arantza nos recuerda que su sacrificio no fue del todo inútil.

Se abre un nuevo Parlamento gallego con la perplejidad del jovial Cerviño por ser la señoría menos joven, y la sorpresa de que la primera presidenta del PP ostente el Rojo en su apellido. Lo demás, Arantza, es propio de la bendita normalidad.

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES

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