Viernes 06.03.2009
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No tengo motivos especiales que me empujen a preferir el mes de diciembre al resto del año. Pero, tal y como está el patio económico, diciembre encierra algo bueno: con él, el año se termina. También solía traer cosas que amo desde niño: la nieve, por ejemplo. Pero esa nunca llega ahora, y, si llega, es más una cosa protocolaria de febrero. Con los polos fundiéndose y los icebergs a la deriva, uno empieza a abandonar la esperanza de los diciembre fríos. Diciembre empieza hoy, aunque la Navidad quizás ya haya empezado. La crisis empequeñece nuestras figuras, mortecinas bajo los focos amarillos, y nos envuelve en el frío de la incertidumbre. Pero habrá luces en las calles para iluminar el cuerpo de la noche.
Diciembre es sobre todo la edad de los balances. Los fantasmas nos visitan, como decía Dickens, pero esta vez los fantasmas son las fragilidades del presente, y no hay forma humana de evitarlos. Mamen Mendizábal entrevistaba en La Sexta a Zapatero, resumiendo todos los incómodos asuntos del otoño antes de que llegue la quietud de diciembre. En Estados Unidos, Oprah Winfrey, diosa de la televisión americana, despedirá la realidad con una entrevista a Obama el próximo día 13, en la que no faltará siquiera su mujer. Obama cerrará el capítulo de sus primeras semanas al mando del gigante, resumirá el catálogo de sus deseos y se retirará a esperar algún improbable regalo de la Navidad. Es tiempo de balances y de promesas. Los presidentes se vuelven muy televisivos, los informativos tienen una vocación didáctica para el nuevo año. Christmas at the White House, el título del programa de Oprah Winfrey, demuestra que diciembre es perfecto para recapitular y planear un nuevo viaje hacia la primavera. Luego, ya se verá.

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