Domingo 07.02.2010
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Las primarias de las que han de salir los candidatos a la presidencia de EEUU siempre atraen expectación. La cosa no es para menos.
Porque se trata de un proceso electoral único en que los aspirantes de un mismo partido han de luchar entre ellos no para obtener el favor de la camarilla dirigente, sino del público simpatizante o independientes. Pese a sus notorias deficiencias, la denostada democracia ha demostrado sabiduría en esto: en no darle a las burocracias partidarias el gustazo de que ellas solas se lo cocinen y luego obliguen a sus fieles a tragar el plato. Justo como aquí.
Esta vez se presentan con mayor aliciente porque hay curiosidad en saber si los votantes americanos elegirán a alguien que dé carpetazo a las ideas disparatadas que representa la Administración Bush o sucumbirán al miedo al cambio que amenaza estancamiento. Tratándose de la mayor potencia mundial que desde hace unos años parece haber perdido la brújula, el desenlace de las presidenciales no es un asunto de los que llaman internos. Y está la novedad de que entre los favoritos demócratas figuran políticos que representan a dos sectores sociales inéditos en la Casa Blanca: las mujeres y los negros. La victoria de uno de ellos no sería una simple anécdota.
Obama luce frescura, la Hillary, oficio y ambición ganadora. Pero, ¿querrán sus compatriotas que en el matrimonio Clinton haya dos presidentes?

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