Viernes 06.03.2009
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No han tenido que pasar muchos días para que el gran carnaval grotesco del cotilleo se haya puesto a hacer macramé y punto de cruz con las noticias de la vida personal de Tiger Woods. Es un personaje público, pero no creo que esa sea una razón para liquidarlo abiertamente, metafóricamente, también en pública exposición. Pero ya se sabe que aquí están implicadas algunas cosas, no sólo una cierta moral o estética. Por ejemplo los contratos publicitarios. Imagino que la censura a Woods, de haberla, debería venir de su círculo íntimo, de su mujer, para más señas, pero no entiendo las razones que llevan a enjuiciar las vidas personales de alguien en la hoguera de algunos programas de. En Gran Bretaña, el golfista ha logrado una resolución judicial que impide que se informe sobre sus asuntos de familia, pero también aquí surgirán dudas sobre la libertad de información, a la que se apela en estos casos donde el morbo, las cosas como son, es el protagonista.
Habrá quien diga que Woods ya ha gozado de mucha gloria televisiva, de muchos minutos de oro cuando las cosas iban bien, así que, en justa compensación, ahora no queda otra que lanzarse sobre la siempre golosa presa de sus coreadas infidelidades. Pero sucede que Woods es sobre todo un golfista, y lo que ha ganado, mucho o poco, incluida su fama, es fruto del desempeño de su trabajo y de su calidad deportiva. Digo yo que no le querrán pasar factura por eso. De momento, se ha visto obligado a abandonar su carrera. Habrá quien diga también que a fin de cuentas él se lo ha buscado. La continua exposición mediática de los asuntos personales de uno de los grandes deportistas del momento, su derribo en tan sólo quince días, no me parece, en absoluto, de justicia. Que tenga que dejar el golf me parece casi un escándalo.

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