Viernes 06.03.2009
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En su formulación original, el localismo soñaba con una ciudad-Estado, inspirada en lo ateniense y donde Paco Vázquez oficiaba de Pericles. Con el tiempo, sin embargo, la idea se ha hecho más pecuniaria, menos poética y acaba en la ciudad-Caja que está abanderando Abel Caballero. En esta segunda versión, caja y ciudad son la unidad de destino, frente a la entidad una, grande y libre que se preconiza.
El regidor hace bien. Es tripulante y pasajero de un barco mal armado que corre peligro de naufragio. De pie en la cubierta examina los botes salvavidas que están a su disposición y sólo encuentra uno en buen estado: el debate de las cajas. Se mete en él y ahí lo tenemos como un Cachamuiña presto ante la invasión.
Insistimos: hace bien. Mujeres, niños y alcaldes primero. El instinto de supervivencia supera a los demás en los momentos de emergencia, así que por ahí poco hay que reprocharle al mandatario en apuros. Pero también está sucediendo lo que suele ocurrir en las evacuaciones mal organizadas, donde unos se empujan a otros provocando tremendas tragedias.
Así, el intento desesperado de salvarse provoca un tremendo destrozo en el socialismo galaico, y daña la estrategia de Caixanova en este pulso. El alcalde de Vigo no es el de Vimianzo, al que se expedienta y expulsa sin tener en cuenta sus trienios en la militancia. En poder contante y sonante, Caballero podría ser el segundo hombre de más peso en el actual PSdeG tras el ministro José Blanco. El suyo es el gran escaparate urbano de la izquierda, el modelo natural de municipalismo socialista.
En definitiva, lo que haga o diga tiene trascendencia extra-local. Lo que está haciendo y diciendo corrobora una ley no escrita según la cual, tras una derrota electoral suele llegar la atomización. Sabe Abel que comparecer en la campaña con Pachi al lado no le va a suponer ningún plus. Todo lo contrario de lo que sucedería si apareciese vinculado a la lucha independentista en pro de una caja que parece suya.
Pero n0 sólo toca la moral de sus compañeros. Hasta el momento, Caixanova no ha incurrido en el error de propugnar su posición desde un punto de vista local. Al gallego de Ourense, Lugo, Compostela o Ferrol le ha dicho que su reticencia a la fusión albertina se fundamenta en una visión global de Galicia y el marco financiero. De acuerdo con esta argumentación, la no fusión beneficiaría al conjunto del país.
Caballero no va por ahí. No está defendiendo a Caixanova sino a una Caixavigo que dejó de existir tras la anterior fusión en el sur, a la que por cierto don Abel no se opuso. Con esos razonamientos en la mano, sus colegas de Pontevedra y Ourense podrían estar reclamando sus antiguas cajas en base a la memoria histórica.
En el fondo, el alcalde le hace un gran favor al presidente de la Xunta. Está vinculando oposición a la fusión con localismo. Mientras las reticencias se sitúen en el plano de la solvencia financiera, en saber si la fusión suma de verdad o resta, la tesis gubernamental ha de esforzarse más. Cuando se pasa al plano puramente territorial, los fusionistas tienen el trabajo hecho.
De ahí que una de las claves de lo que pase es quién llevará la voz cantante de los contrarios a la fusión. Si es don Abel el que sigue teniendo mayoría en decibelios, la causa perderá fuelle aunque el regidor arañe algún voto adicional en las municipales. Por de pronto, lo que más se ve es su dedo brillante: mi caja, mi caja.

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