Domingo 07.02.2010
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Se hace mucho hincapié en los cambios tecnológicos en materia de comunicación, pero se olvida otro que es una vuelta al pasado. Del soliloquio, de la lección magistral, del discurso, se pasa al debate. Los debates son los reyes de la comunicación moderna, con lo cual la historia hace una extraña pirueta para volver a los orígenes de la civilización, cuando oratoria y dialéctica tenían que ir del brazo.
El debate lo invade todo porque es la forma más cómoda, directa y objetiva de contrastar posiciones. El debate es la fórmula que mejor se acomoda a un ciudadano sin tiempo para sopesar con calma programas y documentos. Como en el anuncio, mira, escucha, compara y se queda con la postura que más le satisface.
Se parece al antiguo ateniense que acude al ágora a discutir o presenciar las refriegas de filósofos y gobernantes. Sin embargo, en este mundo de hoy, dominado por continuos duelos dialécticos, la política aún es renuente y se aferra a fórmulas caducas, tanto como la organización de los partidos, la actividad de la militancia o la confección de las listas. Las pequeñas novedades llegan con cuentagotas y en medio de cautelas.
Lo que ocurre con los debates televisados es todo un ejemplo. Lo que tendría que ser normal se convierte en excepcional. La mayoría de los líderes busca excusas para evitarlos, o hacerlos tan acartonados que pierden la necesaria frescura. Lo ven como una concesión extraordinaria, algo que hubiera descalificado para siempre a un político del siglo de Pericles.
Esta aversión más o menos disimulada al debate puede tener varias explicaciones. Una de ellas es la importancia en el entorno del político, de asesores sesudos capaces de medir la repercusión electoral del color de la corbata o el número de canas. Un tiempo tan descreído como éste es fértil, sin embargo, en esta nueva superstición que supera a las de los políticos antiguos que se fiaban de augures, brujos y oráculos.
Si antes se interpretaba a Zeus, ahora se quiere discernir la voluntad de un nuevo dios llamado sociedad u opinión pública. El político, que se siente intimidado por esa deidad que no es capaz de comprender, cae en manos de estos nuevos sacerdotes que prefieren grandes liturgias en forma de mitin, donde casi todo es controlable, antes que debates en los que podría desatarse, qué horror, la temida espontaneidad.
Hay expertos en religiones que aseguran que uno de los rasgos definitorios de la religiosidad actual en Occidente es su transformación en un asunto privado. Con la política sucede algo parecido, y la mayor prueba de ello está en los mítines, concebidos en su día como un lugar de encuentro (meeting) y que han pasado a convertirse en una misa laica sólo apta para adeptos.
El debate sirve para rescatar la política del terreno de lo privado. Obliga a los protagonistas a abandonar las oraciones típicas de su religión, para utilizar un lenguaje capaz de llegar a un espectador cuya filiación desconoce. Sabe que allí detrás hay alguien al que no le valen las consignas que enardecen a los partidarios incondicionales. Hay que llegar a él con una forma de argumentar parecida a la del ateniense que se enfrentaba a sus ciudadanos en el ágora.
Eso es arriesgado. Los gurús prefieren un terreno seguro donde casi todo esté bajo control. De ahí que los debates que se hagan sean un milagro sólo explicable porque los expertos asesores no encontraron razones suficientes para rechazarlos, en favor del mitin y la tradicional pegada.

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