Viernes 06.03.2009
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En Santiago hablamos lo justo del tiempo que nos acompaña. Poco. A pesar de que hablar del tiempo alivia la tensión de un silencio embarazoso en la subida en un ascensor. Viví en un séptimo piso y el tema se agotaba en el cuarto. Ahora vivo en un tercero y eso proporciona el tiempo justo: "pasó la tormenta; viene otra borrasca; acuérdese del invierno del 2000", alguna cosa así y ya estamos en el tercer piso. No sé hablar de fútbol y hablo poco de política -salvo de la municipal- pero tengo buena conversación sobre paraguas: dónde los hay baratos, si se voltean al cruzar la Quintana, si compensa comprarlos en los chinos y cosas así. También sé hablar de pantalones mojados por la lluvia, pero no voy a hacerlo aquí. Sí puedo añadir que este invierno me han roto -o me han birlado- cinco paraguas de a perrona y ahora tengo uno caro. No le quito el ojo de encima a ver lo que dura. Mi manual de inglés dice que una típica conversación inglesa incluye hablar del tiempo, y no añade más. Mis amigos ingleses deben de ser excepcionales porque tienen conversaciones más variadas. Tengo mi pena por los muertos del Xynthia y por los damnificados de Chile. Mi oración por ellos. Pero aquí quiero celebrar que somos un pueblo mojado pero saludable. Nos calzamos las ropas de agua y nos tiramos a la tarea diaria sin hacer mohínos; nunca llueve que no escampe y detrás de la nube está el sol.

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