Viernes 24.05.2013
| Actualizado 11.45
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LOS NIÑOS de ahora no cantan himnos patrióticos, los de antes sí los cantamos. La niñez de los vejestorios de mi edad estuvo llena de ellos. Aún los recuerdo y, si los canto, renace en mí un cierto aliento, tan ingenuo como limpio, tan cierto como ajeno a la realidad que envolvió a la mayor parte de ellos. Los himnos son como el instrumento que soplaba el flautista de Hamelin que, oyéndolos, los sigues hasta precipitarte en cualquier abismo que se abra a tus pies, delante mismo de tus ojos, ciegos de fervor, velados por la inocencia.
Ah, los himnos y las oraciones de nuestra infancia, recitadas como mantras, cantados como afirmaciones, la mayoría de las veces, o recitadas estas de manera totalmente insensata y ajena, casi siempre, a su gramática dudosa.
Hace años solíamos reunirnos los antiguos alumnos del Colegio Menor en el que cursé el bachillerato, plan del 53, aquel con tanta selectividad como nadie hoy osaría proponer. Sucedía una vez al año y entonces cantábamos las viejas canciones que no todos conservaban y que algunos pretendían olvidar.
A no pocos de mis antiguos compañeros de colegio no les gusta que recuerde estos extremos. La mayoría de ellos son o fueron políticos en ejercicio, en las filas de la izquierda y en una proporción asombrosa si se decanta la relación existente entre el número de ex alumnos y el de políticos actuantes. Pensados a imagen y semejanza de los colegios mayores universitarios, los colegios menores quisieron ser el vivero de la elite política del viejo régimen franquista. Y lo fueron sí, pero del democrático que nos trajo la Constitución del 78. Comprendan que me evite la nómina de ellos.
¿Deberán los niños volver a cantar himnos? Breogán me libre a mí de hacer proposiciones. Breogán o Marx. Pero no me recataré en proponer que, eso sí, al menos se canten algunas menos de las muchas soplapolleces que se cantan. Entre aquello y esto debe haber un término medio en el que asentar y serenar tanto conturbado espíritu como los que producen estos tiempos y las memeces que escuchamos no a ritmo de bolero, quién nos diese, sino de cualquier ritmo de bafles ocultos.
Ni aquello, ni esto. Las patrias exigen mucho y a cambio te dan un himno y una bandera, como mucho. Pero cuando no te exigen nada y nada das, acabas siempre por caer en manos de una gente que suele ser terrible e insolidaria y gobernado por quien solo entiende de precios, pero no de valores. Grave contradicción esta en la que nos movemos: ¿se mejora al individuo, o a la sociedad? ¿Qué es mejor, salvarnos de uno en uno o perecer también de uno en uno como al parecer sucede? ¿Habrá entonces que volver a cantar himnos? Mejor que no, yo desafinaría; ya lo hice.
Escritor. Premio Nadal
e Nacional de Literatura

24.05.2013
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