Viernes 06.03.2009
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El otro día, ustedes y este su servidor, hablábamos aquí de lo mucho que baja la calidad de vida de aquellos a quienes la edad les va venciendo el viejo, y nunca perdido del todo, afán de abandonarse a la ensoñación. Se va uno acostumbrando y acostumbrando, y acostumbrando, a no dejarse llevar, primero al galope, al trote más tarde, en nada mayestática parada, sino en desmayado ademán, a lomos del caballo de los sueños, ese Pegaso alado y juguetón, esto es, olvidándose de soñar despierto y, cuando ya es tarde, cae en la cuenta de que empieza a aceptarlo todo; es decir, que ya todo le da igual. En ese momento empieza realmente a morirse; debe ser que la resignación acorta mucho la existencia.
Que somos ingente legión la de los que practicamos el arte de soñar despiertos se acusa en los comentarios que surgen en la edición digital de estas páginas cada vez que me repito a tal respecto. Veremos hoy. Confieso, sin rubor ninguno, que me agrada mucho tal circunstancia; mejor dicho, tal hecho. Ayuda a no saberse solo. Supongo que no a pocos lectores les ha de suceder lo mismo. Por eso, por el afán de sentirme acompañado, es por lo que, cada vez con más frecuencia, regreso a la antigua y casi abandonada práctica. Mi calidad de vida ha mejorado mucho desde entonces. Prueben, los más viejos, a recuperar el arte de soñar despierto. Un arte, es decir, una disposición del ánimo, que, hay quien así lo afirma pero yo no me lo creo, la sociedad disfruta menos. Allá ella y que la zurzan; que la zurzan (o la compadezcan) de ser cierta afirmación tamaña, y triste, como esa.
Quizá se deba, esto de la calidad de vida y sus mejoras, a algo que ya señaló Hordërlin: "El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando razona". Es posible que tenga razón. Cuando sueñas te sientes divinamente. ¿Y cuando razonas? ¡Ah, cuando razonas! Cuando lo haces, la razón te vuelve pesimista y sólo a fuerza de voluntad, de voluntad y de sueños, eres capaz de recuperar la esperanza.
Algo así debió inducir a Jules Renard a confirmar por escrito que había construido castillos en el aire tan hermosos, tan hermosos que se conformaba no recuerdo ya si con sus ruinas o con la posibilidad de habitar en ellas. Imagínense nosotros en nuestros propios castillos. En francés, en donde nosotros decimos castillos en el aire, dicen "castillos a la española"; o sea doblemente ruinosos, los nuestros. Cierto también que, en razón de ello, doblemente hermosos los castillos y doblemente hermosos los sueños. Incluso doble la posibilidad de su recuperación. Nadie suele querer tantas ruinas. Nadie se atreve a habitar entre sus propias sombras. Solo algún valiente que otro, algún que otro loco, usted y yo, lector amigo.

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