Viernes 06.03.2009
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Llevo una serie de artículos comentando la aburrida actualidad política, que no arroja ninguna sorpresa; tengo derecho, pues, a un pequeño desahogo íntimo aunque sea un poco a destiempo. Mañana, día 19, se cumplen 9 años de la muerte de Carlos Cano, trovador de toda una época de nuestra historia. Un día de finales de año, de siglo y de milenio se le rompió el corazón de tanto usarlo en cosas bellas. Nieto de abuelo fusilado por los vencedores de siempre, estaría legitimado para todas las protestas y todos los extremismos; sin embargo, tiró por el camino de en medio de la belleza eterna.
No fue un niño prodigio, llegó tarde a la canción; antes, una vida de emigrante por todos los lugares y todos los trabajos: mozo de hotel en Suiza, marinero en Róterdam y albañil en Barcelona. La música y la poesía le llegaron como el maná del cielo, aunque él tuvo que trabajarla y buscarla en el rico acervo popular de la copla y la literatura de los monstruos del 27. Recogió las hermosas coplas clásicas de la edad de oro de la generación de los años 30 y les dio elegancia, naturalidad e incluso hombría, necesaria en un campo abonado para los intérpretes de sexualidad ambigua. Él mismo se reivindicaba como una especie de Concha Piquer con atributos masculinos.
Abarcó dos continentes con aquel disco pletórico titulado Mestizo. En las Habaneras de Cádiz eran sinónimos el Malecón y La Caleta. María La Portuguesa fue una exaltación del país hermano desde España. Granada, en donde había nacido, a la que él llamaba "la novia del aire", se llevó un día su música y su aliento sobre la nieve. El mundo sigue pero Carlos Cano se llevó consigo las canciones, las que él había creado y también las que había recreado. Bebió en la tradición de su pueblo y de un género musical digno de todo respeto, a pesar del desprecio de un falso progresismo.

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