Viernes 06.03.2009
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EMPECÉ A LEER un libro que me hará pensar, además de hacerme sentir. Recoge los relatos que un hombre maduro le hace a su hermana mayor, aquejada de la enfermedad de Alzheimer. Es un libro producto del amor y de la pasión fraternal. Construido con la memoria -si es que la memoria es el recuerdo de lo transmitido en mucha mayor medida que de lo vivido- recoge el afán de reintegrarle a su hermana todo lo que la enfermedad le está robando o le ha robado ya. Al final es de esperar que el libro sea, en sí mismo, un regalo impagable que el autor le hace a sus lectores: el de compartir con ellos esa memoria, diáfana como el cielo nocturno de Palestina.
Noe Martínez se encargó de reproducir por escrito la narración oral que, a todas luces, fue desgranando Ghaleb Jaber Ibrahim. No sé que procedimiento habrán seguido. Acaso el de la contemplación directa de las narraciones, quizá el de transcribirlas oyéndolas en una reproducción magnetofónica o quién sabe si fueron hechas al dictado; en todo caso, quienes conozcan a Ghaleb sabrán que es su alma cabal la que late en cada palabra del relato, que es su espíritu el que anima todas y cada una de las páginas del libro.
Empecé a leer el libro y confieso no haber avanzado muchas páginas desde que las primeras me obligaron a preguntarme cosas. La fe o su ausencia quizá sean consecuencia de un aprendizaje temprano, no lo sé. Siento no poder juzgar por mi caso, pues se dio el aprendizaje, pero no se produjo la asimilación que se esperaba. La fe también es el recuerdo de lo transmitido, es memoria. Este libro es una prueba de ello, o así se me antoja a mí desde que empecé a leerlo. Lo leo y me debato entre la demostración de que lo transmitido siempre sobrevive, de una u otra forma, y la evidencia de que cesa cuando el espíritu no alienta.
Al pasar una página tras otra, se vuelve a pensar en el alma y en aquella su condición de eterna; una condición y una creencia, que nos inculcaron cuando éramos niños, en las que seguimos creyendo aun de modo indeliberado. Con ellas a bordo, a pesar de su vigencia, uno no deja de pensar que el mal de Alzheimer consigue que el espíritu se someta a una contingencia que nadie se esperaba, al cese de esa ánima, de ese hálito que alienta en el ser humano, diluido antes que el propio cuerpo que lo alberga. Y ese choque brutal nos acompaña, a mi me acompaña desde que empiezo a leer hasta que ceso de hacerlo.
En cualquier caso, esto son disquisiciones que no deben obligar ni condicionar a nadie. Lo más importante del libro es la concepción del mundo que transmite, los valores que postula, la cultura de la que emana y a la que se aferra. Los lectores sabrán de qué valores, de qué cultura y de que concepción se trata si conocen a Ghaleb Jaber Ibrahim o podrán deducirlo sin mayor esfuerzo. No se equivocarán, son valores compartidos. Como debe serlo la hermosa lección de amor fraterno que nos da a través del hilo con el que teje la red en la que recoge no pocas de las emociones que se creían olvidadas.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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