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Viernes 06.03.2009      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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XOAN SALGADO DEFENSOR DEL LECTOR DE EL CORREO GALLEGO

el defensor del lector

Condenado sin juicio ni sentencia

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Disculpará el lector que se inicie este comentario con una confesión personal sin más validez que la que tiene para quien la expresa pero que se trae como argumento de fondo de más importantes preocupaciones a raíz de los hechos acaecidos en estos días y en los que la prensa aparece como triste protagonista.

No es fácil entender el ardor febril con que la sociedad, y en consecuencia la prensa, encaran cada uno de esos sucesos especialmente cruentos que suelen conmover a la opinión pública por su particular gravedad o irracionalidad, ya sean de terrorismo, de violencia doméstica o aún los más depravados que tienen como víctimas a pequeños indefensos, donde la preocupación primordial y se diría que única es la urgencia en saber quién es el responsable de la fechoría para asistir luego, cuantos nos confesamos interesados en llegar al fondo de esa responsabilidad, a la casi total vacuidad informativa que esos mismos medios prestan a lo verdaderamente sustancial del hecho en cuestión, su enjuiciamiento y condena. Pareciera como si toda la rabia contenida, toda la indignación de que somos capaces, una vez liberada al conocerse la autoría del hecho deleznable, apaciguara ya nuestras conciencias y a partir de ahí nos resultara indiferente saber las consecuencias últimas con que la Justicia y la propia sociedad castigan a los culpables. A la postre, ese ímpetu, esa primera impresión provocadora de indignidades se hace tanto desde la irascibilidad y tan poco desde la reflexión que por veces la sociedad toda se retrata, prensa incluida, en su más nefasto ejemplo por actitudes lamentables.

Sucedió estos días y hasta extremos que bien merecen el sonrojo colectivo con quien en el inicio era un supuesto agresor de una niña, Aitana, de 11 años de edad, que fallecía en Tenerife presuntamente de la forma más vil, y a la postre resultó ser la víctima de la desnortada ira social por apresurarnos todos en el juicio condenatorio sin que el acusado tuviera opción alguna de defensa, siquiera fuera culpable, y muchos menos inocente como resultó. Ni siquiera se esperó a su primera comparecencia ante el juez para que el visceral veredicto de prensa y sociedad viera en él lo peor de la condición humana.

En esa cadena de despropósitos y conculcaciones de todos los derechos que amparan al entonces supuesto agresor, el cometido por los medios de comunicación no ha sido el menor, llegándose a extremos tales como el de reproducir en portada de un diario nacional y a toda página la fotografía del presunto agresor calificando su mirada -cabe suponer que más asustada que cruel- como la de un asesino, en hipérbole digna de mejor empeño. Ese periódico, como tal, tardó cuatro días en pedir disculpas a través de un vídeo blog de su director, aunque sí lo hizo, con mayor sensibilidad, uno de sus habituales colaboradores, Juan Manuel de Prada, al día siguiente de conocida su inocencia, y en estos reflexivos términos:

"El caso, a simple vista, podría despacharse como una trágica concatenación de errores médicos, policiales y periodísticos, si no fuera porque tales errores no han sido fruto de meras negligencias, sino el producto de una gangrena moral que corrompe a la sociedad entera" ... " Pues sólo una gangrena enquistada en el subconsciente social explica que los medios de comunicación, con desprecio de los códigos deontológicos que deben regir la pesquisa informativa, hayan dado por demostrada la culpabilidad del joven, dedicándole sus vituperios y anatemas; y sólo una gangrena enquistada en el subconsciente social explica, en fin, que la masa cretinizada necesite encontrar chivos expiatorios sobre los que volcar sus figuraciones más escabrosas".

No es tarea de estas líneas dictar sentencia sobre comportamientos ajenos sino reflexionar sobre los propios, sobre aquellos que desde estas páginas se ofrecen al lector desde el axiomático criterio del rigor y la profesionalidad, tan deseable como difícil.

No están los tiempos para sugerencias, pero bueno es que se reflexione entre todos que si ese titular tan denostado asoma a la prensa lo es por decisión de quien lo hace, claro, pero también por su no objetable afán de hacer al lector partícipe del mismo sentimiento de indignación que se presupone entre toda la ciudadanía. Noble propósito, siempre que se haga desde el hecho juzgado, desde el suceso sentenciado, no desde la presunción de culpabilidad, tan nefasta que olvida uno de los principios de nuestro ordenamiento jurídico, el de presunción, sí, pero de inocencia.

Lo que se dice de este caso pasó, salvadas las distancias, en otras situaciones como con Demetrio Madrid, el primer presidente de la Junta de Castilla y León, que se vio obligado a abandonar su cargo por una imputación de la que al final fue absuelto; pasó más recientemente con dirigentes del PP canario, acusados por la Fiscalía de delitos en los que la Justicia no vio ni indicios, y pasó, en fin, con Dolores Vázquez o con Rafael Ricardi, acusados de execrables delitos que no cometieron. ¿Consiguió alguno de ellos recuperar el prestigio perdido por una condena de papel y social de la que fueron absueltos por la Justicia? ¿Qué parte de culpa no hay en la prensa sobre la particular situación de depresión que sufre Diego, el entonces supuesto asesino de la niña Aitana y hoy no imputado ciudadano? ¿Hay alguien en periodismo que sea capaz de asegurar que ese honor es posible restituirlo con una simple rectificación?

"Nosotros metimos la pata y la metimos gravemente. Por eso creo que conviene reconocerlo y conviene disculparse", decía el director del medio citado que no fue en absoluto el único en criminalizar al supuesto agresor. No es mucho, pero es un primer paso. Faltan todos los demás, aquéllos que sólo el ejercicio continuado de la responsabilidad periodística puede ofrecer.

No somos inocentes

En la contemplación de la foto que el diario madrileño ofreció en portada hay una abismal diferencia si se mira a la luz de la información del primer día o se hace desde la que ahora conocemos.

Situación similar se dio en este mismo periódico con ocasión de un suceso reciente en Boiro, al ofrecer una foto de la habitación y cama llena de sangre donde supuestamente se habría producido una grave agresión sexista. Las cartas de ira remitidas a este defensor por lo crudo de la imagen se desinflaron como un globo en apenas veinticuatro horas tan pronto se supo que la sangre, lejos de ser de la víctima, correspondía al supuesto agresor.

El medio, por fortuna, no es el mensaje, pero las palabras que lo describen sí lo son. Tan poderosas como para hacer negro de lo blanco, ya que la foto era la misma con una u otra información. En eso estriba el poder de la prensa. También, y por encima de ello, su responsabilidad no siempre bien asumida. Por eso, acaso debiéramos persuadir al lector que más que la prontitud, la ligereza y el amarillismo informativos, importa que nos exija el hecho contrastado, la demora razonada, la sentencia juzgada. Esa sí es tarea que compete a un medio de comunicación, no de intoxicación.

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