Viernes 06.03.2009
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El quién y el cuándo. Para evaluar lo sucedido en la frustrante Conferencia de Presidentes hay que preguntarse antes de nada quién es el convocante y en qué momento se realiza la convocatoria. Una vez respondidas ambas preguntas, quedarán más claras las responsabilidades de este decepcionante cónclave autonómico.
Es el Gobierno central el que tiene la iniciativa de llamar a los miembros de la congregación. Como sucede con las presidencias de turno de la Unión Europea, al organizador le compete preparar la agenda y precocinar los platos que serán servidos mediante conciliábulos previos y discretos. Como ocurre en todas las cumbres por el estilo, la sesión final sólo escenifica lo previamente consensuado.
Sin ese prolegómeno, cualquier reunión de este tipo está condenada al fracaso. En consecuencia, es mejor no celebrarla, posponerla hasta que las condiciones sean mejores, o limitarla a un cortés besamanos en el que al menos se disimule la discordia. El Gobierno central no ha hecho ninguna de estas cosas. Prefirió que quedara bien plasmado el disenso.
Supongamos que algo así se repitiera durante la presidencia española de la UE. Imaginemos que se celebrara un Consejo sin unas reuniones previas, y al que Zapatero llevara un amplio catálogo de medidas. Lo normal sería que el encuentro acabase en el rosario de la aurora. Pues bien, no sólo ha sucedido esto en la Conferencia de Presidentes, sino que además el líder convocante cerró la faena atacando a los mandatarios del PP por no colaborar.
Aquí hay que referirse al cuándo, porque el momento elegido también es relevante para analizar lo que pasó. El concilio autonómico se produce después de que se haya aprobado el nuevo sistema de financiación y después de que los Presupuestos Generales del Estado entraran en pista de despegue. Ambos instrumento se hurtan a la Conferencia, con lo cual queda desprovista de contenido. A propósito.
¿Por qué se hace eso? Porque involucrar a este foro en esos dos asuntos le impediría al Gobierno realizar sus negociaciones bilaterales con las comunidades y grupos parlamentarios favoritos. Con un símil gastronómico, podríamos decir que se invita a los regidores de las comunidades autónomas a tomar café, tras un banquete de varios platos suculentos en el que no participaron. En ese extraño protocolo culinario, el peso del PSC y Esquerra es muy superior al de muchos de los presidentes que entraron en el Senado por la alfombra roja.
Nadie duda de que el PP jamás le habría regalado un acuerdo a Zapatero. Puede acusarse por ello a su batallón autonómico de ser un ariete en el acoso al Gobierno. Sin embargo, ni son los populares quienes convocan la cumbre, ni los que deciden su temario, ni los que han elegido sus parejas de baile para la financiación y los Presupuestos Generales del Estado.
En cierta forma, se repite el guión de los primeros intentos de diálogo social, cuando el empresariado fue estigmatizado por los mismos gobernantes que ahora buscan el chivo expiatorio de las autonomías de derechas. El pecado de la patronal consistió en no querer llevar las arras de un matrimonio entre Zapatero y los sindicatos. Ahora se repite la historia.
Lo malo es que se deteriora un foro que había nacido para simbolizar la unidad. Como tantos otros (el CGPJ, el Constitucional...), se ha transformado en un previsible y aburrido ring.

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