Domingo 21.03.2010
| Actualizado 23.36
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Estamos a menos de un año de las elecciones autonómicas gallegas, como ha reconocido el presidente Emilio Pérez Touriño en una entrevista concedida a la cadena SER. De manera que, casi sin transición, salimos de una campaña y nos metemos en otra, aunque en realidad y salvo en el tiempo que acometió el relevo de Manuel Fraga en la cúpula del partido, los populares gallegos insisten en plantear la oposición como una política de desgaste del Gobierno bipartito, muy en la estela de la practicada por Mariano Rajoy y su equipo con el Gobierno Zapatero. Una campaña electoral permanente, cuyo episodio más reciente -la serie continuará hasta el día anterior al de la cita con las urnas- ha consistido en cuestionar el modelo electoral de los senadores autonómicos.
La sustitución de Fraga por Alberto Núñez Feijóo llevó emparejada una primera renovación de las elites dirigentes del PPdeG en sus distintos niveles territoriales, sobre todo de aquellas que perdieron la batalla librada en las elecciones primarias. Posteriormente y coincidiendo con las distintas consultas electorales celebradas a partir de 2006, el proceso de sustitución continúa por esa línea, lejos de ser culminado, y en ningún momento fue acompañado por una renovación del proyecto ofertado por los populares gallegos en la larga etapa de Fraga como timonel del centro derecha en Galicia.
Las propuestas básicas del PPdeG son las mismas que hace dos lustros, casi los mismos son los grupos de interés a los que están dirigidas e idénticos son los métodos empleados para intentar mantener esos lazos. Cuando resulta que el primer elemento clave de ese armazón ya no lo tiene, el poder autonómico, y los efectivos del segundo, las diputaciones provinciales, han sido reducidos a la mitad y están cada vez más vigilados por PSdeG y BNG. La reivindicación de lo que Ulrich Beck bautizó como la "sociedad cerrada y sus amigos", tan patente en la política aplicada por José Luis Baltar en Ourense y Rafael Louzán en Pontevedra, va camino de convertirse en algo marginal, una vez que aquella ya está superada por la realidad de la distribución del poder político.
Quizá resulte exagerado aseverar que el proyecto popular está agotado, pues su suelo electoral es todavía muy alto. En cambio, es cierto que desde 2004 para aquí el grado de volatilidad de los apoyos del PPdeG ha ido aumentado paulatina pero constantemente, y si bien el nivel de fidelidad militante sigue siendo elevado, es patente la caída de la identificación con la oferta popular. Hasta el punto de que el PSdeG podría disputarle a los populares el puesto central que hasta ahora han ostentado éstos como agente fundamental del sistema político gallego.
A propósito de la crisis económica, los comentaristas suelen acudir al fenómeno del cisne negro para aludir a ella: en teoría, estos animales no existen, hasta que aparece el primero. Hace años, algunos datos sugerían que al PPdeG se le había colado un cisne negro en el electorado, pero no hicieron caso y Fraga fue candidato en 2005; llegaron las municipales, y aparecieron nuevos cisnes negros; los animalitos volvieron a aumentar la prole el 9-M, pero los populares tampoco han tenido el detalle de reconocerlos, y aspiran a ganar por mayoría absoluta. No lo tienen nada fácil: los cisnes negros crecen y se multiplican por sus propios medios.
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