Viernes 06.03.2009
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SI, COMO afirmaba en Davos el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, "el mundo nunca volverá a ser lo que fue"; si, como nos confirman las estadísticas internacionales, el número de desempleados en el mundo supera ya los 200 millones; si, como escuchamos en las grandes cumbres europeas, los ajustes y recortes no han hecho más que empezar; y si, como nos advierten los afamados ideólogos, las grandes corrientes clásicas del pensamiento político y económico han dejado de tener vigencia, es lógico que el pesimismo lo invada todo y que el miedo sea la única sensación que se pueda esperar de cualquier persona sensata. La prensa, como espejo fiel de la realidad que debe ser, ha de hacerse eco de tales sombrías circunstancias y reflejar en sus portadas, editoriales y titulares, sin alarmismo pero con transparencia, sin distorsión pero con decisión, los males que aquejan a aquellos países que, por su especial situación de vulnerabilidad, son más proclives a padecer esta nueva pandemia laboral, económica y financiera que se ha apoderado del siglo XXI.
Aquellos que sufrimos en nuestro entorno las terribles consecuencias de la crisis en la que estamos inmersos no podemos responder con resignación y longanimidad, sino que debemos denunciar, vociferando si es necesario, aquellas injusticias que atenten contra la dignidad del ser humano, al menos en los términos y condiciones que tipifican y avalan la Constitución española y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Lo que no debe hacer la prensa seria es ni caer en el conformismo acomodaticio, ni aprovecharse del sufrimiento ajeno para pasar de contrabando según qué postulados ideológicos. Bien al contrario, debe servir de azote de conciencias, de altavoz veraz, de transmisora imparcial de las vergüenzas y desvergüenzas de aquellos que, ostentando el poder y los privilegios, no hacen nada para invertir esa cornucopia de la que se nutren unos pocos dejando fuera a la mayoría.
Todo esto viene a cuento hoy porque, tal día como el domingo de la semana pasada, la Defensora del Lector del diario El País daba cuenta de una denuncia que realizaba una abogada de Vitoria que, curiosamente, afirmaba haber conocido en sus tiempos las precariedades del racionamiento. La antedicha lectora se preguntaba hasta qué punto era necesario que dicho diario estuviese empapado de "negras previsiones" y un evidente, según ella, "exceso de pesimismo". Añadía que, del mismo sufrimiento que le generaban los "alarmantes titulares" del mencionado medio, al leerlo le "daban ganas de meterse en la cama y no levantarse más". Tal fue la vehemencia de sus argumentos, que la propia Defensora, Milagros Pérez Oliva, aceptando como compartida esa "inquietud", se vio obligada a entablar un debate sobre dos preguntas tan complejas como arriesgadas: ¿Contribuye la cobertura mediática de la crisis a la propia crisis? ¿Alimentamos desde los medios la cultura del miedo y la desconfianza?

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