Viernes 06.03.2009
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Hay quienes piensan que el crucifijo es sólo el símbolo de una religión. Se equivocan. Es, además, la seña de identidad de la cultura occidental y forma parte inseparable de nuestra manera de ser y de estar en el mundo. En las cercanas fiestas navideñas volveremos a comprobarlo una vez más. El cristianismo ha sido a lo largo de los últimos dos mil años un camino de salvación, ciertamente, pero también un camino de conocimiento. Primero, inspirando una filosofía que durante más de diez siglos concilió la razón y la fe. Posteriormente, llenando de contenido un pensamiento humanista que erigió la dignidad del hombre y el respeto a los valores de la persona como centro. La religión del amor, simbolizada en la cruz, ha logrado que el hombre extrajese lo mejor de sí mismo a través de la educación, las creaciones artísticas, literarias y filosóficas. De sus escuelas nacieron las primeras universidades y en sus bibliotecas se preservó nuestra memoria cultural.
En Galicia se cumplió, además, una matemática profética anunciada en el Nuevo Testamento: que la palabra de Dios llegaría hasta los confines de la tierra. Millones de peregrinos de todo el mundo visitarán la tumba del Apóstol Santiago durante el Año Santo que estamos a punto de inaugurar. Todo eso, y muchas cosas más, encarna la cruz, que a algunos parece molestar, porque su mensaje insobornable se dirige a la conciencia del hombre europeo: ¿Europa, vuelve a encontrarte, sé tu misma?

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