Viernes 06.03.2009
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LAS AGENCIAS de calificación nunca han dejado de estar ahí. Perseveran en sus mensajes conservadores sin ser capaces de explicar cómo se puede recortar el gasto público y crecer al mismo tiempo, cuando la inversión privada es incapaz de sustituir al Estado como motor del crecimiento.
Hace unos días, Fitch saludó la victoria electoral de Mariano Rajoy, diciéndole lo que tiene que hacer. A tanto llega la arrogancia de estos mentecatos, que se atreven a exigirle al presidente de un país democrático, recién elegido en las urnas, que gobierne para los mercados, y los intereses particulares que defiende la agencia de marras, y no para los ciudadanos a los que está obligado a rendir cuentas.
En su momento, esos augures mercenarios no acertaron a ver lo que estaba pasando a su alrededor y repartieron credenciales de excelencia a bancos y empresas financieras que estaban completamente arruinadas. En vista de su éxito, no cejaron en convertirse en los profetas de las profecías que tienden a autocumplirse, para eso cuentan con la interesada alianza de los grandes traficantes de productos tóxicos de la City.
Primero, fue Grecia, drama y tragedia; luego Irlanda; después, Portugal; ahora Italia e, inmediatamente detrás, España, amagan con irse al garete.
Los hechos consumados, y tozudos, están ahí e informan de que los rescates son como las tostadas de Murphy: siempre caen por el lado de la mantequilla. Los hechos ponen en tela de juicio a los genios del FMI, el BCE y la Comisión Europea que idearon unos planes tan exigentes en sus deberes como imposibles de cumplir en la práctica.
Francia empieza a comprobar que esa desgraciada ley puede resultar inexorable. Nicolas Sarkozy está dispuesto a lo que sea para conseguir que las agencias no le rebajen la nota de triple A, pues rebajársela induciría a que a los bancos franceses les resulte más cara obtener financiación.
Ahora lo que propone Angela Merkel, con Sarkozy de copiloto, es una zona euro de dos velocidades. En la primera estarían los cumplidores de las exigencias de un Plan de Estabilidad reforzado; a cambio, el BCE les suministraría financiación suficiente para que los países con problemas no tuviesen que subordinarse a las exigencias de unos mercados leoninos.
Luis Garicano, miembro de Fedea, catedrático de Economía y Estrategia de la London School of Economics, sostiene que la única institución que puede parar el pánico es el BCE. Bastaría con que el Banco anunciase que, para los países que cumplan las condiciones exigidas por Alemania, "los tipos de interés de la deuda no superarán en ningún caso el 4%". Esa anuncio haría que, probablemente, ni siquiera tuviera que comprar mucha deuda: los mercados no se atreverían a enfrentarse al BCE.
Garicano sugiere que España debería trabajar en esa línea, colaborar en el rediseño de la zona euro, "y cruzar los dedos, porque, desgraciadamente, nuestro futuro está fuera de nuestras manos". ¿Lo sabían?
Será cosa de los elementos.

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