Viernes 06.03.2009
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Uno de los presupuestos de la crisis económica y financiera en la que llevamos algún tiempo instalados es la subversión del sistema de valores que se ha producido estos años de turbulencias y desatinos que ahora conocemos. Probablemente, la sustitución de criterios cualitativos por parámetros cuantitativos explica algunos de los desmanes que unidos a la ausencia de control han provocado no pocos hundimientos empresariales. Las stocks options, las rescisiones multimillonarias o los sueldos desproporcionados, forman parte de esta manera de entender la actividad económica, más pendiente de los dígitos que de la realidad. De unos dígitos que se pueden alterar, pero de una realidad que no se puede trastocar porque es la que es.
Por ejemplo, el caso de las famosas stocks options se ha revelado como un nocivo sistema para premiar los resultados por la sencilla razón de que ha fomentado, según un reciente estudio publicado en la página web del IESE, falta de compromiso corporativo, exacerbación del riesgo y una peligrosa visión de corto plazo. En este contexto de sublimación de lo cuantitativo, se ha entrado en el proceloso mundo del riesgo de mano de inversiones inseguras en forma de hipotecas inseguras. El caso de los premios opciones sobre acciones es operativo, señala este informe firmado por el profesor Berrone, cuándo aumenta el valor de la compañía en los mercados. Pero su riqueza no disminuye si el valor cae. En estas circunstancias, muchos directivos reaccionan arriesgando demasiado porque no tienen nada que perder, inaugurándose así una peligrosa doctrina de adicción al riesgo.
En el mismo sentido, los llamados paracaídas de oro, esas cláusulas de rescisión que se pagan a los directivos al finalizar sus contratos, han proliferado desproporcionadamente. Se justifican para proteger a los directivos de los riesgos que están más allá de su control para concentrarse en obtener los mejores resultados en la dirección de la compañía. Sin embargo, estas indemnizaciones son en ocasiones tan elevadas que más a que a la búsqueda de los mejores resultados invitan a un esfuerzo relativo.
Los sueldos de los altos ejecutivos han sido desproporcionados. Si en la época de bonanza económica ya eran escandalosos, ahora sencillamente son inaceptables, como inadmisible es que un alto cargo de una empresa en quiebra reclame un bono multimillonario, caso que se ha dado precisamente en este tiempo y que está en la mente de quienes conocen el sector. Es verdad que en estos días los dirigentes de algunos grandes bancos han renunciado a los bonos correspondientes de 2008. En Alemania se ha limitado a 500.000 euros el sueldo del máximo ejecutivo en las entidades que requieran dinero público. En Francia se acaba de incluir en la ley de finanzas para 2009 una cláusula según la cual las remuneraciones diferidas superiores a 200.000 euros quedarán sometidas al impuesto de sociedades. En Estados Unidos, más rehacios a renunciar a los bonus, a los contratos blindados, el Gobierno ha decidido suprimirlos para los bancos que se rescaten con el dinero de los ciudadanos, y restringir las deducciones fiscales a las que puedan acogerse los ejecutivos.
En fin, que es menester que vuelva el sentido común, la racionalidad y el equilibrio. Algo que ha brillado por su ausencia en estos alocados y desenfrenados años en los que el control y la supervisión se han volatilizado a favor de la obsesión por el dinero, por el poder y por el lujo. Sus consecuencias, provocadas por unos pocos, las tenemos que pagar todos. Qué gran paradoja, y que gran injusticia.

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