Viernes 06.03.2009
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VUELVE LA LIGA para poner fin al castigo estival de no tener en qué ocupar el tiempo libre. La de este año presenta el aliciente de saber si al cabo de la temporada Valdano tendrá que profetizar el inicio de un nuevo proyecto.
En realidad, lo que discuten los dos grandes aspirantes al título es la validez de sus distintos modos de enfocar la ejecución del espectáculo deportivo: el especulativo del Real Madrid que sacrifica la belleza del juego a los puntos frente al productivo del Barcelona que sabe sumarlos jugando de maravilla. El primero confía en el genio individual aislado, el segundo, en el conjunto. Ganaría mucho el aficionado si Mouriño consigue romper la mentalidad economicista de los galácticos.
La rivalidad entre merengues y culés se ve enturbiada por un ingrediente extradeportivo: la consideración de sus clubes como representantes de dos visiones políticas polares: la del nacionalismo español y la del catalanismo. Y así, para los unos ganar la Liga al Barcelona significa lo mismo que emascular el Estatut catalán; para los otros, superar al Madrid equivale a humillar al españolismo. Nota común: la derrota del contrario compensa la propia y dobla el gusto de la victoria.
Verdad es que del primoroso juego con victorias del Barça disfrutan sus seguidores y todos los aficionados del país, mientras que de las victorias sin buen juego del Madrid sólo su hinchada. Pero sería una exageración concluir de ahí que el nacionalismo catalán sea más solidario que el centralismo: el balón no tiene ideología.
Lo único que comparten el fútbol y la política es la facilidad con que sus dirigentes despilfarran un dinero que no es suyo. Por caprichos y vanidad.
Profesor titular de Latín

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