Viernes 06.03.2009
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Para no desentonar con el reciente San Valentín, Citroën recurre a la medalla del amor aunque dándole la vuelta. Lo suyo es pedir mucho y dar poco. Sabe que su planta viguesa supone la mitad de la Galicia industrial, no ignora la importancia electoral de sus achaques, y maneja esa dependencia con gran destreza.
Escuchamos al presidente de la Xunta, al conselleiro y al ministro decir que su futuro está garantizado. El problema es que ninguno de ellos ocupa cargos de responsabilidad en la multinacional, ni tienen, como Nicolas Sarkozy, capacidad para presionarla. Son plausibles sus esfuerzos por amarrar Citroën, loable el empeño que ponen para seducir a la marca, pero a cada brote de optimismo suyo corresponde un jarro de agua fría del señor Ianni.
¿Qué ha dicho tras estas reuniones? Lo mismo que repite desde el inicio de la crisis: que todo depende de la demanda. Por mucho que se le pregunte, no sale de sus labios esa garantía que los políticos dan por segura. Su lógica empresarial no tiene nada que ver con la política, al menos aquí, porque en Francia es diferente.
Hace poco, el presidente de la República anunciaba un maná de ayudas a la automoción nacional, sin que, por cierto, Bruselas rechistara, y con una condición tajante: mantener el empleo. En ese caso, el presidente de PSA no vinculó los puestos de trabajo a la evolución del mercado, sino al respaldo goloso de la Administración gala. ¿Por qué razón no aplicamos en España y en Galicia un criterio similar?
Mientras no haya aquí un compromiso tan claro como en Francia, mientras Pierre Ianni no nos diga con claridad que las ayudas políticas, sociales y económicas de los poderes públicos se redistribuirán por Citroën con el mantenimiento del empleo, se estará aplicando, al revés, la fórmula de la medalla del amor. Recibir mucho y fiar lo demás al incierto mercado.
Un contrato muy diferente entre Administración y empresariado es el que se establece en el concurso eólico gallego. Quienes aspiran a los megas que pertenecen, como el dinero que se da a Citroën, al conjunto de la comunidad, han de estar avalados por un plan industrial y dar participación a las instituciones. A la marca francesa se le da un cheque en blanco, al que ni siquiera corresponde asegurando el empleo, como sí acaba de hacer en Francia.
Uno de los aspectos menos comprensibles de todo esto es el afán de algunos políticos por cargar con una cruz que no les corresponde. Nada puede satisfacer más a los directivos de PSA que ese desplazamiento de la responsabilidad desde la sede parisina a San Caetano. Para ellos es ideal que se haya creado un ambiente en el que es casi una herejía poner interrogantes en el respaldo institucional a la marca.
No está en manos de Touriño, Blanco o Sebastián que los clientes del mundo entero salgan de su atonía, compren coches y que esos coches sean además los que se fabrican en Vigo. Tampoco el poder de Sarkozy llega a tanto. Sin embargo, los franceses exigen que el empleo se mantenga y alejan de Francia las reducciones de plantilla. ¿Qué compromiso se pide aquí?
En fin, que la imagen de ayer en el Ministerio de Industria es el choque del voluntarismo político, y quizá electoral, con la lógica empresarial implacable. El titular anuncia que el futuro de Citroën está asegurado, y Pierre Ianni dice que no. Entre lo poco que da, ni siquiera está una concesión para alegrarle el día al ministro.

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