Viernes 06.03.2009
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Estoy cabreado, pero que muy cabreado, con los organizadores del Desayuno Nacional de Oración celebrado en Washington. No me invitaron. No, no les perdonaré nunca tal menosprecio, tal desconsideración. ¡Hacerme a mí este feo! Comprendo la irritación de Iñaki Gabilondo, que tampoco fue invitado. ¿Cómo se les ha ocurrido invitar a Pedro J. y a Carlos Herrera, que no son nadie en los medios de comunicación, y no invitarme a mí, que soy una riqueza y un lujo, el horóscopo en el que se miran los demás colegas? Está claro que los washingtonianos están despistados y no sabe quién es quién en Europa. Mi solidaridad con Iñaki.
Este es el motivo, queridos lectores, de que no pueda hacer una crónica con mi opinión sobre lo que allí sucedió, teniendo que refugiarme en las imágenes de la tele para estar informado y llegar a alguna conclusión, la primera de las cuales es que ZP no defraudó y fue consecuente con su laicismo militante. Mientras todos los asistentes, llegado el momento, humillaban la cerviz mirando al plato, en gesto de oración o meditación, él contemplaba la sala, erguida la jeta, con un ápice de curiosidad y mucho de impertinencia. Vamos, otra vez el mismo gesto que con la bandera. A esto se le llama no saber estar, falta de savoir faire y estar poseído, a lo grande, del mito de Jaimito.
Por lo demás, el discurso de ZP, que es lo que interesaba, estuvo medido, historicista y religioso de refilón; muy pensado para la ocasión, haciendo reflexiones sobre "el derecho de cada persona... a su autonomía moral, a su propia búsqueda del bien", insistiendo en la liberad, la tolerancia religiosa "y el respeto a la diferencia, el diálogo, la convivencia de las culturas y la Alianza de Civilizaciones". Todo bien adobado de buenismo y rebozado de la hojarasca retórica de su estilo. Todo muy laico, plano y sin alma, de alguien que no cree en el motivo propio de la reunión. ¿Para qué fue?

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