Viernes 06.03.2009
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Sería erróneo pensar que el baltarismo es un síndrome exclusivo del PP. No es así. Es cierto que el Baltar por antonomasia reside en el territorio popular, pero los partidos colindantes tienen también sus propios baltares porque el ansia de eternidad y la idea de que uno es imprescindible son propias de la condición humana.
Son modalidades de baltarismo tanto Salvador Fernández Moreda como Ricardo Varela, recientemente consagrados como líderes provinciales del socialismo coruñés y lucense. La renovación pasó sin detenerse y ambos ofrecieron la continuidad y la experiencia, virtudes que exhibe igualmente Baltar para desafiar a la selección natural de las especie de Darwin.
Los incautos pipiolos que se movieron o formaron candidaturas para desafiar a los dinosaurios, perecieron en el intento. El resultado de todo eso es que el socialismo gallego cuenta con dos baltares y otro a medias, el propio Pachi Vázquez, que dejó en Ourense a alguien de guardia para mantener a salvo su posible retiro.
Total, que el líder del PP hace escuela y extiende su influjo en el PSdeG. También en el nacionalismo. Aquí es peor porque el control del BNG está en manos de gente que lleva mangoneando los destinos nacionalistas desde que Baltar gateaba por la política gallega. No sólo hay entre ellos una diferencia de longevidad; a fin de cuentas, el presidente ourensano duda, dice que se siente cansado, amaga con la retirada, pero ni Paco Rodríguez ni Xosé Manuel Beiras hacen ademán alguno de irse.
Por eso, los que en el socialismo o el nacionalismo se van haciendo mayores esperando el relevo, sentirán una secreta envidia de lo que ocurre en el PP. En la derecha, Baltar es un vestigio, como esas especies que llegaron hasta nuestros días con detalles que denotan su origen ancestral. Unas aletas, una cresta, un trombón. En la izquierda jurásica, el baltarismo está generalizado y ancla a los partidos en estilos antiguos.
La explicación de que el cambio generacional haya llegado antes al Partido Popular que a sus rivales, guarda relación con un fenómeno similar al que los científicos consideran el origen de la evolución. Como se sabe, los dinosaurios no dimitieron de forma voluntaria. Hubo al parecer una catástrofe, un meteorito según dicen, que acabó con su presencia en la tierra. En nuestro caso, la catástrofe natural fueron las elecciones que Fraga no pierde pero tampoco gana, dejando a su partido tan desamparado como a los primeros seres humanos.
Es ahí dónde nace Feijóo y se diluyen los baltares que servían de cimiento al fraguismo. Entre aquél Baltar que acudió a Monte Pío como un Armada del PP, y éste otro que negocia fuera su futuro, hay un abismo. Uno manda mientras que el otro resiste y se aferra a una posible sucesión dinástica. Pase lo que pase, los tiempos de la derecha cuarteada quedan lejos.
Tarde o temprano, ese mismo proceso tendrá que producirse en la izquierda. Por el momento, la era de los grandes barones se apaga en tierras populares y sigue viva con Fernández Moreda, Ricardo Varela, Abel Caballero, Paco Rodríguez o Xosé Manuel Beiras. Caballeros con territorio propio, duques aferrados al aparato del partido, condes del tal o cual facción ideológica, marqueses de marquesados locales.
Cuando Baltar se vaya, si es que se va, le quedará la satisfacción de poder decir que su estilo no se crea ni se destruye, sólo se transforma como la energía. Hay más sucesores además de su hijo.

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