Viernes 06.03.2009
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Hace unos días, una amiga que quizá constituya, mejor dicho, que quizá sea la única posibilidad que tenga el PSdeG-PSOE de alcanzar la alcaldía pontevedresa me confesaba su poca disponibilidad a efectos tales como el que se comenta. Está harta, como casi todos, del agotamiento inducido por la clase política, por el agotamiento a que se ha visto sometido el lenguaje que tal clase utiliza, inalterable desde hace ya demasiados años y por la dinámica de unos hechos que no inducen, precisamente, a la alegría y sí al desamparo. Hasta en eso nos equivocamos, me decía, creíamos ser marxistas y ni eso éramos, tan solo kantianos. Éramos, somos, kantianos. Suyos son los valores que hemos hecho propios, me comentaba. Quizá tenga más razón que un santo; que una santa, laica, si, pero santa. Nada que ver con Juana de Arco, en todo caso. Los valores kantianos son los que creemos propios de la Ilustración y la verdad se observan muy depauperados, mires hacia el lado que mires.
Ya saben que Kant está enterrado en las proximidades de la catedral de Königsberg. También que en su tumba reza un epitafio que, así creo recordarlo, es parte del texto de la Conclusión formulada en su Crítica de la razón práctica. En él, más o menos, se afirma que dos cosas colman el ánimo de una persona con algo tan necesario como la admiración y el respeto, de forma que se vean siempre renovados y en constante crecimiento, cuanto más se piense y se reflexione sobre ellas. ¿Cuáles dos? Pues estas: "el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí".
A mí no, que soy medio zascandil, al menos a mí no me pasa tanto, pese a que a lo mejor ya pude haber regresado a eso de la res pública y preferí decir que no, pero a mi amiga no me extraña que le pase lo que le pasa. Tiene colmado el ánimo con la ley moral y la conciencia del estrellado cielo. No es poco, no necesita más y es comprensible que le pase lo que le pasa. A mi, conste me llega con el estrellado cielo, cosas del zascandileo, probablemente, que a lo mejor no. Sin embargo, esos valores kantianos, tan ilustrados y hay que reconocer que bastante en desuso, debieran ser los que animasen a los partidos políticos a integrar en sus listas no a los más disciplinados y obedientes miembros de sus respectivos aparatos sino, entreverados con ellos, sean militantes o no, a personas de reconocida solvencia moral, prestigioso comportamiento profesional, formación y capacidad acreditadas que, unidas a trayectorias personales que ya no admitan dudas, ayudasen a recuperar el hoy depauperado crédito que sus formaciones le están mereciendo a la mayoría social que las ampara y viene votando se diría que desde el comienzo de los tiempos.

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