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Jueves 21.08.2014  | Actualizado 09.35 Hemeroteca web  |  RSS   RSS

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a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

¿De dónde son los gallegos?

Cada vez hay más gallegos que, al ser preguntados de dónde son, no pueden dar una respuesta sencilla. Han de ofrecer una explicación más prolija porque nacieron en un sitio, viven en otro y trabajan en uno distinto. La idea de ser de aquí o de allá ya no les sirve, está anticuada, y su identidad se complica si han de incluir en su definición vital el tiempo que pasan en ese domicilio ambulante llamado coche.

Dentro de ese grupo de gallegos dislocados hay otro cada vez mayor que tampoco se siente arraigado en su lugar de residencia. Tiene su casa en una urbanización plantada en medio de la nada, sin historia ni referencias que permitan una adhesión afectiva. Circunstancialmente está dentro de la jurisdicción de éste o aquel municipio, pero podía estar en otro cualquiera porque a sus habitantes les da igual.

Por lo general, la relación entre los vecinos autóctonos y los que llegan exiliados de la gran ciudad es mínima. No hay tiempo para que se produzca una interacción entre ambos tipos de gente. Cada uno vive en su reducto. La urbanización se parece a las bases militares situadas en territorio extranjero, incluso en la mentalidad de transeúntes que tienen los de dentro.

Alguien dirá que esta situación es similar a la que se sufre en otras partes de Europa, que se han ido americanizando poco a poco en su estilo de vida. El commuter, es decir, el ciudadano esclavo del automóvil, mártir de los atascos, obligado a trasladarse sobre ruedas al trabajo o al centro comercial, que deja los corazones de las ciudades convertidos en decorados solitarios, no es una característica sólo nuestra.

De acuerdo, pero aquí hablamos de un país pequeño, poco poblado y con ciudades que todavía podrían ser manejables por un buen planificador. Santiago no es París; ni A Coruña, Nueva York, Vigo o Londres. No existe un aluvión de población emigrante, ni los naturales tienen una alarmante capacidad de procreación.

A pesar de todo, las ciudades se desparraman, dejando obsoletas infraestructuras que aún están por realizarse. En vez de la ciudad compacta que reclamaba hace poco la conselleira Táboas en el Consejo de Arquitectos de Europa, el modelo vigente es el de la ciudad dispersa. La reflexión de doña Teresa en la cumbre arquitectónica tuvo la virtud de encuadrar problemas que suelen verse aislados (tráfico, dotaciones, coste de la vivienda) en el problema general de la concepción de las ciudades.

Alertaba de la formación de guetos, y es evidente que ya los hay, si por tal entendemos tipos de residencia aislados del entorno donde falta el arraigo. ¿Se sienten de Ames o de Culleredo los vecinos que habitan las nuevas urbanizaciones y se desplazan todos los días a la capital?

Una virtud de la conselleira fue situar la cuestión en su contexto, y la otra no recurrir al tópico falsamente liberal de que la gente ha elegido vivir así. No hay tal elección. No se trata de una bucólica huida de la agobiante ciudad a un entorno campesino, sino de cambiar un agobio por otro peor, a causa de razones económicas.

Paradójicamente, el coste económico que tiene para el país es enorme. Con las circunvalaciones y rondas que desdoblan otras rondas y circunvalaciones anteriores, para facilitar el acceso a la ciudad sitiada, se podría haber realizado una fastuosa política de rehabilitación de la vivienda existente. Pero lo peor no es eso, sino la pérdida de identidad de tantos y tantos gallegos que no pueden decir de dónde son.

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