Miércoles 22.05.2013
| Actualizado 11.17
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RAZONA SCHNIZTLER, con esa corrosiva lucidez y con el sarcasmo algo deletéreo que le caracteriza y que tanto nos atrae que, en las relaciones humanas, es fundamental que los demás tengan siempre mala conciencia.
Quizá se trate de una técnica psicológica, inconsciente las más de las veces, sí, pero de una técnica, de un método encaminado no tanto a nuestra propia protección, que también, como al dominio de los que, en cada momento de tu vida te rodeen. Todos conocemos verdaderos especialistas en la materia.
Así, a bote pronto, se me vienen a la mente tres modalidades de ejercer ese dominio generando en los demás ese sentimiento de culpa, esa mala conciencia, consecuencia de nuestra propia e interesada inducción.
La primera de ellas, el constante sometimiento de la persona cercana, considerada sometible, al duro ejercicio consistente en proponerle mentiras de las que ir obteniendo verdades gracias a sus espontáneas confesiones y a las contradicciones en las que ineludiblemente ha de ir incurriendo.
La segunda y aún más terrible es la de obtener de la persona en cuestión un favor que consideras necesario pero haciéndole ver, induciéndola a considerar que les estás haciendo el favor de consentir que te haga un favor. Obtendrás tu beneficio y, por encima, la rentabilidad de ese forzado agradecimiento al que tu inteligencia le ha conducido.
Hay una tercera y acaso más retorcida aunque así no se la considere, pues es la más habitualmente practicada, consistente en la constante degradación de la persona que tienes enfrente: cállate que eres un burro, de esto tu no sabes, t u hermano es el que vale, con quién te fuiste a casar, desgraciada… y , por ese camino, hasta donde a ustedes se les ocurra.
Seguro que hay más métodos que estos y que todos podríamos dar un cursillo sobre el particular. En todas nuestras familias, en todos nuestros círculos de amistades o profesionales, con mayor o menor intensidad, en gran o en pequeño número hay gentes así. ¿Qué hacer con ellas?
Confieso que no lo sé; si yo fuese Jonathan Swift igual proponía que fuesen comidas después de haber sido previamente guisadas, pero carezco del humor de tan significado clérigo; así que no se me ocurre nada. Quizá evitar a este tipo de personas, al menos en la medida de lo posible, sea la única receta que pueda ser debidamente elaborada. Sin embargo hay casos recalcitrantes, de una contumacia desesperante. Todos conocemos algún que otro ejemplo. Recuerden ustedes los suyos propios. Yo lo hago de vez en cuando con los míos y suelo cerrar sesión haciéndoles un íntimo corte de mangas que a menudo me deja más tranquilo. Es banal, si, pero algo ayuda.
Escritor, Premio Nadal y Nacional de Literatura

22.05.2013
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