Viernes 06.03.2009
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En una ocasión escuché el elogio fúnebre de una personalidad, pronunciado por un cara dura que en vida sólo le había dado disgustos y es que hay montones de gente que disfrutan alabando a los muertos y envidiando a los vivos. Miguel Delibes se ha ido y estamos agobiados ante el tumulto de incienso que ha ayudado a sepultarle. Al lado del recuerdo crítico de los expertos y de los obituarios escritos por amigos de verdad, y de la película pasada por la 1 de TVE, copia más que estropeada de una cinta magnífica, con espléndido guión, al de Valladolid le han dedicado insistentes y pesadas referencias, como si estuviésemos en un paraíso de fervientes lectores.
Mis comentarios al hilo de su muerte quieren ser reflexión apurada sobre una visión del mundo. Disfrutaba Delibes con la caza, afición que no comparto; pero era un extraordinario narrador, que manejaba con precisión y sencillez las grandes inquietudes del hombre, quizá entregado demasiado pronto, por las circunstancias, al enigma de la muerte y la existencia. Colmado de escepticismo, atento su oído al hablar sencillo de la gente, "cargando sus ocios" en el campo, vagabundo de andares y cavilaciones, cada vez más cerca de esa sensación de ausencia que anuncia el jubilado cuando ya ha encontrado la hoja roja del librillo de papel de fumar.
Escepticismo, pero también pasión; no son excluyentes, como tampoco lo es el humor; así, Bertrand Russell, el más célebre escéptico apasionado, tenía un gran sentido del humor. Delibes, igual, pero se ha ido con una "costra de escepticismo", habiendo observado con desánimo como al hombre se le ha secado el corazón. Eso sí, sin abandonar la agudeza, incluso cuando, al pasar los años, nos habla de los personajes, "solitarios a su pesar". Cualquier mirada a ese mundo nuestro y cotidiano, que está convencido de tenerlo todo, nos devuelve la imagen de una equivocación, que nos arrolla en su lógica potente y de la que habremos de defendernos, si sabemos, con escepticismo y humor.
Cuentan que en una ocasión le encargaron a Cela un trabajo y el peticionario, sin saber del percal, ante los honorarios, osó decirle a Don Camilo: "Delibes nos lo hace más barato", a lo que, ágil cual gacela en sabana, replicó el de Padrón: "¿Y quién lee a Delibes?". Cartuchos de fogueo y retranca de colega, que en Don Miguel encontraba el contrapunto de la sorna sin ruido, con mucho menos ruido, desde luego, que el que gustaba al premio Nobel.

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