Viernes 06.03.2009
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Entre las turbulencias propias de mi ánimo, a las que ya les tengo a ustedes mal que bien acostumbrados, por una parte, y las perturbaciones alícuotas que me corresponden por gallego, gracias a la inefables aportaciones entre pseudo antropológicas, pseudo socio-culturales y para nada pseudo inoportunas, sino totalmente inoportunas de la señora Díez, por la otra; conste, entre todo ello y lo arremolinado que hoy me desperté, les confieso que no me encuentro, ni me hallo, que me encuentro casi en cuarenta, vaya; en esa situación que, no sé ahora, pero antes en los barcos se indicaba con la bandera Q que era amarilla, amarilla, amarilla.
Quizá sea a causa de la autovía que une Compostela con Madrid. En ella, durante todo el año, permanecen confundidas las mimosas. No las que lo hacen entre Cerdedo y Pontevedra en un club de alterne sospechosamente rotulado PEN Club, sino las otras de olores más dulces y esplendor que dura unas pocas semanas, a lo sumo. Durante todo el año, las mimosas permanecen agazapadas, en las márgenes de la autovía, ocultas, confundido su verdor con el de los eucaliptales, hasta que, cuando las lampreas ya tienen sus vientres llenos, pletóricos y turgentes, dispuestas al desove; los cucos empiezan a afinar su canto; vuelan los cuervos de tres en tres como caminaban antes los canónigos y otros especímenes talares; ahora cuando los pájaros se afanan en sus vuelos prenupciales, van ellas por su parte y revientan de amarillo, que no de dorado, sino de amarillo, dulce y chillón, tan chillón y tan amarillo, amarillo, que, entre la niebla, perdida la dulzura del aroma, amortiguado este por las palabras crudas, pudieran parecer sino la lacia cabellera de la señora Díez si precisamente sus palabras, tan amarillas, tan chillonas, tan escasamente dulces.
La autovía que nos trae de Salamanca, es en estos días un túnel amarillo; no lo era hace unos años, pero así son las mimosas. Llega un aroma nuevo, sorprende a unos pocos, se instala en sus jardines, se orilla al camino que recorren todos, y, se diría que subrepticiamente, se va expandiendo de forma que pueda acabar convirtiendo en amarilla una arteria principal visible únicamente en primavera. Podía ser peor, podría no verse en todo el año y cuando ya fuese imparable su dominio de las vías reventarnos de amarillo en las narices. Es mejor así. Allá gustos. Pero no el paisanaje, que no se engaña, ni se deja engañar, sino quienes deben velar por mantener limpios los márgenes de la autovía debieran empezar a erradicar especie tan invasiva y peligrosa, planta tan depredadora y contaminante, tan ajena y esterilizante de cualquier vegetación que no sea ella misma. ¿Cómo hacerlo? Hablando claro.

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