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a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Estatuto filosofal

28.08.2009 
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Para qué engañarnos. El principal objetivo que persiguen los que presentan la reforma del Estatuto como un asunto vital es poder acusar a los discrepantes de traidores y cómplices de Madrid. Se trata de establecer una nueva división de buenos y malos gallegos, según cuál sea su posición ante la revisión del texto.

Los promotores de la idea quieren implantar el maniqueísmo, asociando compromiso patrio con la defensa ferviente de un Estatuto con más prestaciones, que por sí solo nos colocaría a la cabeza del pelotón autonómico. ¿Quién puede negarse a eso? Sólo los imbéciles i escuros que tanto vilipendiamos en el himno.

Sin embargo, ninguno de los grandes males ni de los principales retos del país guardan relación con esa reforma. Un Estatuto mejorado, con la palabra nación en el preámbulo o el epílogo, no arregla el avejentamiento, ni acelera el AVE, ni soluciona la des- coordinación de las grandes infraestructuras portuarias o aeroportuarias, ni nos permitiría revisar la financiación impuesta por el Gobierno socialista y el nacionalismo catalán, por hablar tan sólo de una cuantas asignaturas pendientes.

El nuevo Estatuto no es una piedra filosofal. Sin embargo, proporciona una excelente distracción a los que se sienten incómodos gestionando lo concreto y prefieren retornar a los debates antiguos y psicoanalíticos sobre cómo nos llamamos, lo que somos y cuál es la esencia última del país. Aunque estemos geográficamente muy lejos, la influencia bizantina se nota en ese empeño por evadirse de la realidad y ocuparse en discusiones metafísicas.

He ahí otra forma de superstición. Hay tribus que incitan a la lluvia mediante bailes rituales, y otras convencidas de que basta introducir unas cuantas palabras mágicas en un Estatuto para transformar el entorno. Los propios orígenes del proceso autonómico demuestran lo ilusorio de esa magia nominal: poco queda ya de aquel trío de nacionalidades históricas en el que orgullosamente nos incluimos.

Agobiados como estamos por una crisis que obliga a replantear una autonomía que estuvo basada en la dispersión alegre de recursos, no es fácil ver en esa obsesión por la reforma estatutaria un objetivo beneficioso para el país. Sí tiene un indudable interés para grupos que necesitan desesperadamente soldar su unidad interna, y una bandera con la que pasearse.

Los populares de Feijóo y los socialistas de Blanco cuentan con un temario político que no precisa enriquecerse con un debate conceptual sobre la nación y derivados. El nacionalismo, en cambio, estaría en su salsa. Ni el Gobierno socialista al que apoyaron con diligencia, ni la Esquerra Republicana con la que se aliaron en las europeas, serían responsables del mal resultado de la financiación. Todo será culpa de los que no quieran Estatuto de Nación.

De nada valdrá decir que ese sentimiento nacional es electoral y socialmente minoritario entre nosotros. Tampoco servirá de nada insistir en que la reforma, de realizarse, no ha de pretender que el Estatuto se parezca más al de otros sitios, sino a Galicia. No es un temor infundado porque eso ya sucedió en el intento frustrado en los tiempos del Gobierno bipartito.

Antes de que se vuelvan a oír los reproches contra los que piensan que la reforma es secundaria, habrá que recordar que la piedra filosofal era una quimera. Ni ella podía convertirlo todo en oro, ni un nuevo Estatuto hacernos felices.

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES