Lunes 22.12.2008
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Los datos de último barómetro del CIS y la reacción de la Bolsa constituyen un fiel reflejo de lo que piensa la sociedad española de por qué estamos como estamos. Y su conclusión es muy nítida, concisa y cargada de sustancia: falta liderazgo y falta confianza. No hay que darle muchas vueltas, ese es el mensaje que en estos momentos coincide en emitir casi la práctica totalidad de los ciudadanos de este país, desde el mileurista al inversor en mercados financieros, pasando por los cuatro millones de desempleados.
Si el presidente del Gobierno, en una situación de crisis como la actual, deja de ser el político más valorado, malamente está en condiciones de transmitir confianza y acometer decisiones urgentes; sin duda nada gratas, pero capaces de arrastrar detrás de él a una mayoría dispuesta a sacrificarse, desde el convencimiento de que así y sólo así saldremos del túnel y tendremos horizonte.
O dicho de otra manera, José Luis Rodríguez Zapatero sólo recuperará el liderazgo si es capaz de hacer propuestas creíbles, y aplicarlas con firmeza. Porque en este mar plagado de incertidumbres, lo que necesitamos son gestos y decisiones que nos ayuden a convencernos de que podemos luchar contra esta tormenta, porque para nosotros la única tormenta perfecta que existe es la de la película. Es la hora de la política, de la política de las grandes acciones, y para eso se necesitan más que nunca políticos con mucha capacidad de liderazgo. Es en la adversidad donde mejor se mide su talla.
De ahí también lo tremendamente preocupante que resulta que el jefe de la oposición sufra aún mayor desgaste que el presidente del Gobierno. La baja valoración de Mariano Rajoy es mucho más llamativa por cuanto la misma encuesta del CIS sitúa al PP por encima del PSOE, con una ventaja de casi cuatro puntos en intención de voto. El contraste es muy fuerte, como para no inferir que el discurso del cuanto peor mejor de Rajoy no es bien recibido por la mayoría de la sociedad española, y provoca rechazo. La oquedad de sus palabras se diluye entre griteríos.
Sin duda no es fácil cuadrar el círculo del FMI: mantener los planes de estímulo y al mismo tiempo recortar el déficit. Aunque discutible, es entendible que el Gobierno haya elegido el foro de Davos para dar a conocer el programa de austeridad y recorte de la deuda pública, pues trataba de transmitir la idea a los mercados financieros de que España es seria y está haciendo los deberes.
Lo que no debería haber hecho el Gobierno es, al día siguiente, matizar tanto lo que dijo el día anterior, que parece un desmentido a sí mismo. Ni puede ser que uno diga una cosa y otro la distinta y, además, transmita la sensación de que no sabe muy bien de qué va el asunto y actúa a salto de mata para salir del paso. Eso denota falta de coordinación en el equipo, y la función de coordinación es responsabilidad de las dos vicepresidentas.
Para combatir el paro y el déficit es probable que haya que introducir reformas en el mercado laboral y en las pensiones, además de recortar el gasto público. Unas son de aplicación inmediata, otras a medio plazo, y han de ser consensuadas en el Pacto de Toledo. Y así deberían gestionarse a fin de evitar guerras preventivas. En fin, todo eso requiere de un liderazgo político que se consolidará o se esfumará según los resultados. Uno y otros se retroalimentan.

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