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Lunes 22.12.2008      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

Faltó Laporta

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Como en los repartos que aparecen al principio o al final de las películas, podríamos decir que Esperanza hacía de Cristina, Montilla de Evo, aunque sin poncho, y Patxi de un Lula algo más delgado. Camps estaba en el papel de Alan García y Feijóo como Álvaro Uribe, que también se empeña en fusionar Colombia.

En esta otra versión de la Cumbre Iberoamericana, el Rey hizo también de Rey, procurando sonreír a todo el mundo, y el presidente del Gobierno, de lo mismo. Todo ello en medio de un escenario muy similar, con profusión de banderas, numerosos gestos protocolarios, una foto de familia calcada y un resultado muy parecido.

Porque tanto la Cumbre como la Conferencia de Presidentes son un fin en sí mismo. El objetivo es reunirse. El éxito consiste en estar juntos por un día y que la gente lo vea. Y la resolución más importante se basa en quedar para dentro de un año y contabilizar las bajas que hubo en el equipo. En ambos casos se trata de mantener viva la llama de una ficción.

Es bastante ficticia la comunidad iberoamericana. Casi todos sus miembros se miran con recelo. Ha desaparecido además el elemento unificador del imperialismo yanqui, atenuado con la llegada de Obama y ese pulso que tienen Lula y Chávez por propagar su modelo. Hay una retórica que ni siquiera tiene base histórica porque la mayoría de los líderes de la independencia murieron hartos del localismo que les impidió realizar sus grandes sueños.

En medio de ese conglomerado, poco puede hacer España, que bastante tiene con sus problemas. Su acción exterior ya no está en manos de Moratinos, sino del Santander, Telefónica o Repsol, que son como la Pinta, la Niña y la Santamaría del siglo XXI con inversiones a la vista. Por eso la Cumbre languidece cada año que pasa, como un festival de la OTI que sólo despierta de repente con el por qué no te callas.

España no es una ficción por mucho que se empeña Laporta, pero la Conferencia de Presidentes no puede sustituir lo que debieran ser mecanismos normales, ordinarios, habituales, de coordinación entre autonomías. Todos los asistentes saben que los acuerdos principales se hacen en un aparte. Es el llamado bilateralismo. A Montilla le molesta estar con el vulgo autonómico sentado en grada de general y tomando café para todos. No es otra cosa que bilateralismo lo que ha triunfado en los debates de la financiación, y lo que se impondrá en el futuro, a menos que el Tribunal Constitucional lo corrija con su sentencia.

Si la evolución autonómica del país va a discurrir por ahí, estas conferencias se parecerán cada vez más a las cumbres iberoamericanas, y menos al puesto de mando de la España de las autonomías. ¿Qué pueden decidir? ¿Qué políticas pueden acordar? Ninguna. Ni siquiera el Gobierno central es capaz de lanzar directrices que vayan más allá del deseo, la recomendación o el buen propósito, como se acaba de ver con la ley de economía sostenible.

A eso hay que añadirle que bajo el traje que lucían los convocados en el caserón del Senado, todos llevaban la camiseta del partido correspondiente. Antes de salir al campo, unos estuvieron en el vestuario del PSOE o del PP preparando el encuentro. Así que la idea de reunirlos es preciosa, pero se topa con la realidad política del país, casi tan compleja y dispar como la iberoamericana. Se decide más en las juntas de la Federación Española de Fútbol, donde por cierto sigue estando Joan Laporta.

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES  

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