Lunes 22.12.2008
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HA sido desde hace años un lugar común del discurso público, político o académico, el adornar retóricamente la prioridad que a la formación profesional habría de dársele en cualquier reforma del sistema educativo. Y se han ido haciendo cosas, con la declarada intención de abrir puertas accesibles a muchos jóvenes que no se sentían atraídos por una orientación típicamente universitaria. Pero no ha sido suficiente para los buenos tiempos y lo es todavía menos en una crisis.
No hay que pensar que hemos sido una excepción en no valorar los estudios que traen a la memoria aquello del PPO, baste con echar un vistazo a Gran Bretaña, por ejemplo, para constatar que también allí no les acompañaba un gran prestigio. Sin embargo, por seguir con los británicos, el señor Cameron quiere crear miles de plazas para el aprendizaje profesional, siguiendo la estela de austríacos, suizos y alemanes, a quienes les ha dado magníficos resultados su llamado sistema dual. Más de un 70 por ciento de estudiantes en Suiza, entre los quince y los veinte años, tienen un lugar en las empresas, con sus maestros instructores, al tiempo que unas horas a la semana se les da formación general y especializada en las escuelas correspondientes. En tres o cuatro años salen del sistema con aptitud y actitud para integrarse en la vida económica y social.
El nudo de la cuestión está en las enseñanzas prácticas en la empresa, en donde el aprendiz es empleado con un contrato especial, participando desde el primer día en el mundo real del trabajo. Cuando las empresas son muy pequeñas, forman redes o agrupaciones y ofrecen conjuntamente las plazas. En fin, que no estaría nada mal explorar estos caminos, bajo la responsabilidad no sólo de las autoridades sino también de los empresarios y sus organizaciones, preocupándose al menos, unos y otros, con la misma intensidad de la formación que de la legislación laboral a medida.
Por volver al caso helvético, son allí las pymes quienes sostienen este enfoque exitoso de hacer convivir formación general y profesional, facilitando la autoestima de los futuros trabajadores sin estudios superiores convencionales. Claro que los suizos ponen en esta tarea un empeño podríamos decir militar, del mismo modo que se implican en su municipio, en las instituciones sociales o en la vida asociativa. Pero sin pedir tanto, algo podríamos copiar, sabiendo que también requieren de instrucción aquellos que serán formadores dentro de la empresa. Ahí tienen un vasto campo para los recursos financieros que reciben del Estado empleadores y organizaciones sindicales, evitando que se les pueda acusar –como mínimo– de poco eficientes en su utilización.
Catedrático de Hacienda Pública

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