Martes 17.06.2008
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El tándem formado por Emilio Pérez Touriño y Anxo Quintana ha cumplido dos años y bajo los soportales de Compostela cunde la nostalgia de los populares por el poder perdido a manos llenas. Dos años, se dice enseguida, pero parece que ha transcurrido una década y que los días de Manuel Fraga al frente del timón forman parte de una leyenda. La leyenda del rey desnudo, tal vez, porque -como en el cuento- nadie se atrevió jamás a hablarle al león de Vilalba de su progresiva desnudez y que la renovación del PPdeG debió de haber sido afrontada a partir de 1997: no más allá, en vez de esperar a que los cimientos físicos y políticos de la organización política más poderosa de este país fuesen perdiendo enjundia hasta derrumbarse sobre sí mismos.
De esto se hablaba ayer en la capital de Galicia: ¿por qué nadie supo o no quiso o, sencillamente, no se atrevió a formularle a Fraga la necesidad de su retiro a tiempo para que el PPdeG recogiese el relevo cuando sus dirigentes aún estaban en la cresta de la ola? Los políticos conservadores, que hoy se lamen las heridas en la oscuridad de la fronda, apartados de las mieles del poder que antaño disfrutaron... tienen mala memoria.
Aquí, por una vez en la vida, sólo una persona osó decirle al patrón que ya en las elecciones de 2001 -cuando se iniciaba el declive popular después de tres legislaturas de euforia- el principal problema del PPdeG era "la edad del candidato". Una frase tan sencilla como contundente, redactada en un informe tras los comicios de octubre de aquel año. Fue Xosé Cuiña -quién, si no- y a partir de aquel momento se abrió una sima entre ambos que ya no se cerraría jamás. Los demás, recuerden, se dedicaban a la adulación por sistema: que si estaba como un roble y que acababa de abatir un corzo a trescientos metros de distancia. O sea, un titán.
Nadie, entonces, como en la leyenda, tuvo arrestos, salvo Cuiña, para poner un espejo ante el rey desnudo para que se viese a sí mismo en su desnudez. Después, recuerden, pasó lo que pasó y al barón del Deza, el eterno delfín, sus propios compañeros le pusieron puente de plata hacia el exilio interior. Y si en Compostela habitaba la legión de los muditos, incapaces de pronunciar una sola palabra que molestase a Fraga, en Madrid, Génova, 13, sede central del PP, estaban encantados con la idea de mantener al de Vilalba cuanto más lejos mejor. Y si alguna vez se preocuparon en la meseta de Castilla fue cuando, cada vez que las urnas tocaban a rebato, don Manuel anunciaba que aquélla sería su última legislatura en el finisterre de la UE. Afortunadamente para ellos, de José María Aznar a Mariano Rajoy, Fraga nunca cumplió su palabra, haciendo válida una antigua y cínica sentencia que afirma que no hay que confiar en un hombre que lleva la política en las arterias: diez veces se despidió François Mitterrand de los franceses, y diez veces regresó: "En la época de los grandes premier", escribió en una ocasión el periodista Raúl del Pozo, "los estadistas aguantaban hasta los santos óleos". Van dos años y parece una eternidad.
Bailando entre bestias, diques y trincheras
A Emilio Pérez Touriño y a su socio de Gabinete, Anxo Quintana, les interesa que en Galicia se sienta el mismo clima de confrontación que arrasa los palacetes de Madrid. Vaya, que Alberto Núñez Feijóo fuese la bestia negra. Lamentablemente para ellos, no es así; ni mucho menos. Pero don Emilio insiste y ayer mismo dibujaba un panorama de diques y trincheras alzadas por los patricios del PP. Sí, sí, hablaba del Madrid de los Austrias, pero la mirada se le perdía en Compostela .

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
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