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Sábado 19.04.2014  | Actualizado 21.05 Hemeroteca web  |  RSS   RSS

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lOS OTROS DíAS

ALFREDO CONDE

El fuego del hogar

¡LAS batallas de los abuelos! Como si los jóvenes no abundasen en los lugares comunes, en las frases hechas, los tópicos de clase o las jergas de grupo. Como si cada generación no descubriese la pólvora o el Mediterráneo, tal y como ha venido sucediendo desde el comienzo de los tiempos. A veces, aquí también sucede y, entonces, también aquí, se echa mano del tópico de modo que, en la página web, se arremete contra la batallita mentándole al cronista, ya que no a la autora de sus días, sí a la melancolía que lo envuelve. Gajes del oficio.

Sin embargo, hay algo nuevo que nos distingue de todas las generaciones anteriores. Durante siglos -fíjense en la similitud fónica de hogar y hoguera- las gentes vieron cocinar con fuego de leña y alrededor del lar -tengan presente los versos rosalianos, miña casiña, meu lar- se reunió la familia. Entonces aún no se había impuesto el término desestructurada aplicado a ella. Entonces, los hoy abuelos aún vimos cocinar así, en la cocinas llamadas bilbaínas de nuestras casas, o en las lareiras aldeanas, incluso en las larizas: aquellas trébedes posadas sobre el suelo de tierra sobre las que hervía el caldo de berzas mientras tenías la vista fija en el fuego que lo animaba y acariciabas el testuz de una becerra que compartía habitáculo con los humanos y aún con otros animales algo más nobles.

Los hoy abuelos aún dependimos del fuego. Y tanto que sí. Mi abuela tuvo en su casa una de las primeras cocinas de butano que hubo en Ourense. La tuvo exactamente una noche, durante la que no pegó ojo. Según se despertó llamó a un primo suyo, los ourensanos sabrán a quien me refiero si digo que mi abuela era una Rumbao, para que se la retirase y volvió a escandalizar las madrugadas -se levantaba muy temprano para leer- con el ruido de los aros de la cocina de hierro, de la bilbaína hasta que, algo después, optó por la eléctrica, de la que ya nunca volvió a desprenderse.

¿Por qué cuento esto? Porque por primera vez en la historia de la humanidad existen generaciones que no han visto arder el fuego del hogar; por primera vez el que se llamó el fuego hominizador ya no lo es de igual modo a como lo fue durante tanto y tan demorado tiempo. Los antropólogos y los filósofos podrán extenderse sobre estos extremos y consideraciones. El fuego, que había sido propiedad de los dioses, que fue apropiado por los humanos, ya no nos conforma como lo hizo hasta ayer mismo. ¿Cabe la nostalgia o se impone la constatación del hecho y la necesidad de reflexionar sobre él? Pues, qué quieren que les diga; mejor, que se lo expliquen los jóvenes audaces que rechazan las viejas divagaciones que ya no caben en la sociedad actual. No, nosotros no es que lo extrañemos demasiado, pero ellos están jugando con su ausencia de un modo que quizá algún día, a alguno de ellos, quizá llegue a preocuparles. Jugar con fuego es peligroso, hacerlo sin él acaso sea un suicidio. Claro que, quien dice fuego, dice más cosas. Ellos sabrán, en todo caso.

Escritor, Premio Nadal

y Nacional de Literatura

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