Lunes 22.12.2008
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Acabo de leer, en el ineluctable periódico que acompaña a este, ese mismo en el que usted está pensando y que le gustará más o menos pero sin el que España habría sido diferente, acabo de leer en él, en la puerta de la jaula que en su contraportada se abre al zoo del siglo XXI, este otro cambalache, que el reverendo padre Gabriele Amorth tiene furor luciferino; o así.
El reverendo, un rapaz de ochenta y cuatro años, amplio de frente, colgante la papada, flácidas las mejillas posiblemente sonrosadas, revestido de morada estola, armado de crucifijo que se antoja si no férreo, que también, sí frío y metálico, posa en la última página con el crucifijo en su diestra mano, la siniestra posada en el bandullo, su mirada de topo enmarcada por unas gafas que la realzan. El reverendo está habituado a los espacios interiores de las almas por los que se adentra precisamente como un topo. Lo ha hecho así en los últimos veintitrés años. Se calcula que durante ellos ha practicado la nada despreciable cifra de 160.000 exorcismos. Ciento sesenta mil exorcismos, practicados a lo largo de los ocho mil trescientos noventa y cinco días que suman esos veintitrés años, implican una cifra de aproximadamente veinte exorcismos diarios. Si el reverendo, este Napoleón de las batallas demoníacas, duerme cuatro horas diarias, se pasa el resto expulsando demonios a razón de uno por hora, sábados, domingos y fiestas de guardar incluidas. Debe ser que tan pronto como él entra por una puerta el demonio sale por la otra. A esto se le llama eficacia y rendimiento en el trabajo. Lo demás son bagatelas laborales.
Decía Santa Teresa de Ávila que el diablo, como Dios, también está entre los pucheros. Tiene que ser cierto. Si la cifra es verdadera, de hecho nadie la ha desmentido, que se sepa ni siquiera lo ha hecho Dom Gabrielle, ha tenido el reverendo que encontrarse al diablo en sitios muy diversos: desde en el cuarto de baño, mientras él permanecía sentado en el retrete, hasta en las amplias estancias vaticanas que el exorcista afirma habitadas por sacerdotes, monseñores y cardenales miembros de sectas satánicas El demonio en verso, recitando en latín y otras lenguas pocos vulgares.
El reverendo debe saberlo mejor que nadie. No seré yo quien le quite la razón. Pero si quien se pregunte si no habrá algún diablo cojuelo que lo persiga a él con saña y algo de coña marinera puesta en la intención y no al revés, pues Dom Gabriele no parece un hombre temeroso del demonio. Seguro que no temiéndo a este, tampoco ha de ser temeroso de Dios de quien es aliado. ¿Será Dom Gabriele un hombre destemido? Es posible que si, que lo sea. Si lo es o si lo fuese, sería preocupante.

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