Lunes 22.12.2008
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Hace años un prestigioso columnista madrileño escribió a cuento de un político o política que ya ni recuerdo uno de los usuales tópicos sobre gallegos, que si subimos o bajamos o así. Contesté aquí bastante irritado, aunque luego entendí, ayudado por la estima que el periodista me merece, que, pese a que el estereotipo molesto debe corregirse, mi reacción pudo haber sido excesiva. Nadie más dijo nada entonces. Es cierto que la importante columna trasera en un periódico de gran tirada no tiene el eco de unas declaraciones públicas de la líder de un partido nacional, pero no es menos cierto que nadie obtendría ventaja política alguna de la reprobación de un periodista muy conocido y con bastante influencia que viene de la izquierda.
En un artículo sobre Larra, dije aquí que la llamada "claridad" que a menudo se contrapone a nuestra "ambigüedad" no es en rigor un valor. Aquel escritor madrileño detestaba la "franqueza del castellano viejo", y un psicólogo como Apfeldorfer, que escribió sobre el regalo como símbolo en el sistema de relaciones sociales y sobre tópicos del amor, insistió en lo que me decía mi padre ("no enseñes la muela del juicio"), es decir que cierta reserva es necesaria y que fracasan los matrimonios que se proponen la absoluta sinceridad de sentimientos. ¿Qué hay de verdad en un tópico? Si el río aún suena pudo llevar agua. Cuando Kant escribe (Lo bello y lo sublime IV), los franceses son así, los españoles o los ingleses andando, no dice tonterías pero los rasgos observables en un país no son eternos y son mucho más significativos los tranversales de clase o tipo psicológico. La pintura veneciana no tiene relación con su clima como creía Taine, ni el mejor arte emerge del hombre bueno (Ruskin), pero un mismo medio geofráfico, social y psicológico propicia algunos rasgos comunes. Caro Baroja, que escribió El mito del carácter nacional y no es nada sospechoso de nacionalismo decía que la mística y el monoteísmo eran más propios de horizontes abiertos como las llanuras castellana o rusa que de Galicia o Vasconia.
La suavidad galaica de formas y el gusto por los matices no son propiamente el defecto de un pueblo. "La claridad mata", escribía hace poco el sociólogo Vicente Verdú, y añadía: "Quedan en nuestro tiempo rémoras mentales que reproducen los fundamentos de hace más de un siglo: la oposición entre economía y amor, espíritu y materia, hombre y mujer, Dios y el diablo". Llevamos mucho tiempo diciéndolo.

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